Cada ángel es una especie

La diferencia entre el ángel y el hombre en cuanto a su constitución ontológica permite iluminar, por contraste, aquello que el cuerpo añade al ser propio de la criatura racional encarnada. La primera de estas iluminaciones parte de la idea de que cada ángel agota en sí mismo una especie entera, idea que es una tesis central de la angelología tomista.

El primer punto de esta antropología filosófica que aquí expongo concierne a la relación entre especie e individuo y al papel que la materia desempeña en ella. En el caso del ser humano, la especie, es decir, la humanidad, reúne bajo un único concepto a todos los hombres y mujeres que han existido, existen y existirán. La especie es una y los individuos muchos. Cada uno posee un rostro irrepetible, una voz que nunca volverá a sonar del mismo modo en la historia, una mirada que ocupa un lugar único bajo la luz del mundo. El principio que explica esta multiplicidad dentro de la unidad específica es la materia, porque es ella la que individualiza.

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La Era Hispánica como teología del tiempo en San Isidoro de Sevilla

San Isidoro de Sevilla escribe desde un umbral: el mundo romano ha desaparecido como imperio, pero sobrevive como estructura mental, como gramática del orden y del tiempo. Heredero consciente de Roma, su obra, en particular la Historia Gothorum, Suevorum et Vandalorum, manifiesta una voluntad de continuidad, no de ruptura. En ella, el obispo hispalense adopta deliberadamente la Era Hispánica, aquella cronología de raíz romana que contaba los años desde la pacificación de Hispania bajo Augusto. Tal elección, aparentemente técnica, encierra una profunda significación teológica y política. Al datar los hechos visigodos según una era romana, Isidoro no inaugura una historia nueva ni funda un tiempo. En lugar de ello prolonga la antigua edad y conserva su tiempo. El reino godo no sucede a Roma, sino que la ocupa.

Esta permanencia de la forma temporal romana revela una concepción del poder profundamente jurídica y eclesial. El tiempo no pertenece al caudillo ni al profeta, sino al orden; y el rey, lejos de ser un fundador carismático, aparece como garante de una continuidad establecida por Dios y custodiada por la Iglesia. La cronología se convierte así en dogma silencioso: el calendario mismo predica que el presente no rompe con el pasado, sino que lo administra. Isidoro, teólogo de la permanencia, no ve en la historia el despliegue dramático de un designio providencial, sino la conservación de una armonía romana dentro de un horizonte cristiano. Roma organiza, los godos gobiernan, la Iglesia santifica y todo esto ocurre dentro del mismo compás de siglos y bajo la misma numeración.

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El tiempo redimido: Beda el Venerable y la cristianización de la historia

El sentido profundo de la adopción del calendario de Dionisio el Exiguo por parte de Beda el Venerable es, al mismo tiempo, histórico, intelectual y espiritual.
Podría decirse que Beda no solo corrigió un modo de contar el tiempo, sino que reveló su sentido. Hay que verlo con los ojos de su siglo, no con los nuestros.

Dionisio había concebido su cómputo, el Anno Domini, con una intención litúrgica y teológica; él se propuso fijar las fechas de la Pascua y liberar el calendario de la “era de Diocleciano”, que recordaba a un perseguidor de cristianos. No buscaba reescribir la historia universal, sino purificar la medida del tiempo: hacer que los años ya no nacieran de la violencia, sino del nacimiento del Redentor.

Sin embargo, el alcance de su propuesta quedó limitado, pues durante casi dos siglos fue un instrumento de cálculo eclesiástico, un recurso técnico en monasterios y círculos eruditos.

Beda, monje inglés del siglo VIII, historiador y teólogo, vio en esa modesta innovación la semilla de una nueva conciencia histórica. En su Historia ecclesiastica gentis Anglorum, no solo usa por primera vez el cómputo de Dionisio de modo sistemático, sino que lo convierten en lenguaje narrativo. Ya no es una herramienta de computistas, sino la estructura temporal de la historia cristiana

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Dionisio el Exiguo, o de cómo un monje encendió una lámpara dentro del calendario

El mundo, cuando Dionisio encorvó la frente sobre sus tablas pascuales, olía a pergamino, a cera y a hierro fatigado. Un polvo manso, casi litúrgico, flotaba en las galerías de Roma; y en ese polvo, como peces que atraviesan el agua lenta de una pecera, nadaban las letras griegas y latinas de los códices. El monje era pequeño, pero su mirada, de esas que se detienen en la raya casi invisible donde acaba la cifra y comienza el símbolo, alcanzaba lejos. Había venido de los bordes del Imperio, de una Scythia menor y severa, con vientos que curten la voz y la paciencia, y se había sentado, humilde, en el banco de la gran ciudad, como quien escucha antes de hablar. No tenía con él más armas que el amor a la exactitud y esa temblorosa esperanza de los hombres que trabajan para un día que no verán.

En el calendario de aquel tiempo los años caminaban con muletas. Unos eran los años de Fulano y Mengano, cónsules por breve resplandor; otros se sostenían en la muletilla de los emperadores, en su tercer, quinto, undécimo año de reinado; muchos se sujetaban, como por una cuerda fiscal, a la indicción, que giraba en ciclos de quince, rueda ciega que numeraba no las almas, sino los tributos. Había, además, el rumor oscuro de la era de Diocleciano, que empezaba en 284, un año con olor de aceros y martirios; y había, como una brasa antigua, el recuerdo del ab urbe condita, el contar desde la fundación de Roma, como si el paso de cada legión dejara una muesca en la pared del universo. El tiempo no era uno: era un mercado, una plaza con puestos diversos donde cada cual compraba su medida de días.

Dionisio miró ese mercado y pensó que hacía falta apagar la luz de un perseguidor, Diocleciano, por cuyo reinado se medían los años entonces. No por odio, sino por delicadeza. ¿Cómo bendecir la Pascua con el nombre de quien desató perros contra los cristianos? Entonces, sin levantar la voz, trazó una línea que hacía girar la brújula del mundo; no contaremos desde los reyes, ni desde los impuestos, ni desde los edictos; contaremos desde un Niño. La ética de su gesto tiene una transparencia que no necesita trompetas; una civilización decide que su tiempo nace en una cuna. A partir de ese día, cada cifra llevará, como agua escondida, un catecismo discreto. El año será del Señor, Anno Domini nostri Iesu Christi; y aun los comerciantes, sin saberlo, al fechar una factura, pondrán tinta en una oración.

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Cómo salva Dios a la razón

Traigo aquí el recuerdo de la Lección Inaugural del Papa Benedicto XVI en Ratisbona y el comentario que hizo de ella Gustavo Bueno, filósofo ateo que reconoce al Papa una admiración no meramente retórica. “Es el Dios de los cristianos quien ha salvado a la razón humana a lo largo de la historia de Occidente”.

Constata que en el aire aún vibran aún las antiguas Ideas de la Razón y Dios, Ideas que no son palabras fijas, sino luces que cambian de color al girar la esfera. La Razón no es bloque ni roca fija, sino corriente. Es un río invisible que atraviesa la historia humana encendiendo imágenes, preguntas, sueños y también pesadillas y alumbrando monstruos. Se perderá quien la busque como sustancia inmóvil y sólo quien la siga como proceso hallará su verdadera acción.

Y luego está Dios, a quien Aristóteles imaginó como un ser solitario, encerrado en sí mismo, como un sol que arde sin mirar nunca a la tierra. Es amado, pero él no ama. Fue el cristianismo el que, quebrando ese cristal, hizo surgir la Trinidad de la soledad, y en ella vio un Lógos que descendió y se hizo carne. El cielo tocó la arcilla y el hombre se descubrió habitado por un resplandor eterno.

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A propósito de la gnosis

(Me he concedido una amplia libertad de temas para publicar en Substack. Todos tienen un trasfondo filosófico) El problema del mal es perenne en la filosofía y en la religión y las soluciones son distintas. Su existencia es necesaria junto al bien para la Stoa, lo mismo que es necesaria la de los números impares … Leer más