Desmesuras ideológicas

Era una época de ideas con patas largas y cabezas sin rostro, donde los pensamientos no nacían, sino que eran lanzados como fuegos artificiales a un cielo saturado de chispas intelectuales. A cada chispa le correspondía un grito, una proclama, un “yo también existo” en el gran mercado de las ideas, donde lo que no tenía silueta aguda moría antes de haber respirado. Era el tiempo de los pensamientos esculpidos con cuchilla, de los perfiles tan afilados que podían cortar incluso a quien los pensaba.

Porque nadie quería moldear ideas, eso llevaba mucho tiempo, calor, esfuerzo, sino perfilarlas con bisturí, como se perfila un cadáver antes de embalsamarlo. No era el amor por la verdad lo que movía al autor, sino el horror al olvido. Y así, cada pensamiento debía llevar sombrero, bigote y pancarta. Si no lo hacía, quedaba como un náufrago sin isla. Si el autor no se perfilaba, el editor lo haría, o sus fieles, o sus enemigos. Era el arte de brillar en un océano donde cada ola ya estaba iluminada por mil luces que reclamaban ser sol.

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El cartel de Semana Santa

Si es cierto, dice, que la humanidad sigue la senda que tú has empezado a recorrer, entonces tienes motivos para estar satisfecho de tu función en esta vida, pues eres un nuevo Galileo. En lugar de escribir en tu celda un libro contra Lord Alfred Douglas, lo has escrito para presentar tu acción como la de un profeta que se sitúa por encima de sus contemporáneos. Con él dices que estás por encima de todos nosotros. Tu castigo es tu justificación.

La familia, Platón y el Estado

La relación del individuo con el Estado (Lafarge, 1905) Sócrates y sus discípulos en «La República»

No son vientos de bonanza los que soplan hoy sobre la familia ancestral. Son más bien ventiscas estridentes que buscan minar sus cimientos como coros de sátiros malignos, voces que han inscrito en los pergaminos legales hasta dieciséis especies de familia en esta piel de toro llamada España: biparentales, monoparentales, monomarentales, jóvenes, LGTBI, homoparentales, homomarentales, y otras formas igual de tortuosas. Una ley, en verdad alevosa, que se empeña en enunciar que la idea de familia no se halla confinada en los límites del ámbito matrimonial y prescinde de la idea de natalidad, cuyo nombre no aparece una sola vez entre sus palabras. La familia no incluye procreación para ella.

En algo se distinguen todas de la primera, pese al intento deliberado de confundirlas en un magma irreconocible: en que solamente ella no es estéril.

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El día del orgullo

Del orgullo gay, quiere decirse. Yo, que, además de urdir la faena a toro pasado en lugar de hacerlo a porta gayola, tiendo a enredarme en las palabras, a hurgar en su pasado y procurar hallar en ellas alguna senda que me lleve al sentido de las cosas, tengo ante mí ahora tres o cuatro que me producen cierta confusión. No sé por qué ha de ser “gay”, ni “orgullo”, ni por qué ha de haber un día al año para celebrarlo, a imitación del santoral.

La primera es “gay”, aplicada al amor entre hombre y hombre, que para este caso no parece prevalecer la ideología de género. ¿Por qué “gay”, vieja palabra venerable que en español se usa para la poesía? “¿Qué cosa es poesía (que en nuestra vulgar ‘gaya scientia’ llamamos”)? Se pregunta el Marqués de Santillana. Antonio Machado, en Baeza tras la muerte de Leonor, dice también: “Heme aquí ya, profesor de lenguas vivas (ayer maestro de gay-saber, aprendiz de ruiseñor)”. Por aprendiz de ruiseñor se tenía Machado cuando lloraba a su amada.

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El tirano compra voluntades

Gabriel Maureta Aracil (1832–1912): El marqués de Santillana

He sabido que una vicepresidenta del gobierno se ha propuesto comprar la afección de los jóvenes dando veinte mil euros a cada uno. Yo considero esto una grave inmoralidad. Trataré de dar unas razones explicando por qué.

Se aprenden muchas cosas observando el dinero: si se regala, se gana, se roba, se obtiene por medio de añagazas y trampas, si se da a cambio de la voluntad de los electores, etc.

Si el dinero no se obtiene por consentimiento libre entre las partes, sino por coerción, si los improductivos mandan sobre los productores de mil maneras, imponiéndoles “fines bellos, sublimes y espirituales” –también “culturales”-, si no se trafica con mercancías, sino con favores, si el soborno está a la orden del día, si la ley castiga a quien gana el dinero con su esfuerzo honrado arrebatándoselo y premiando con él al haragán, como pretende hacer la vicepresidenta (pues de hecho considera o convierte en haraganes a los receptores de su regalo), entonces la sociedad ha caído tan bajo que difícilmente podrá ya levantarse. Esto de los veinte mil euros regalados es una muestra de todo ello.

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Tomás de Aquino y los tontos

Sé que has decidido leer a Tomás de Aquino y que para empezar has comprado la Summa contra gentiles. Como sabes que tengo afición al buey mudo y que he dedicado largas y gratas horas al estudio de algunas obras suyas, quiero hoy enviarte unas breves consideraciones sobre algo que es de tu interés. Yo las he hallado al pasar. No las echarás en saco roto, habida cuenta de que, socrático como eres, te has mostrado muchas veces convencido de que no hay tonto bueno, aforismo que tú aplicas a toda esa multitud que lucha denodadamente por el poder, entre los que, según tú, abundan ambos géneros de tontos y de malos.

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Vientres de alquiler

Leni Riefenstahl hizo el año 1934 el mejor documental de la historia del cine, un trabajo de una fascinación perturbadora, como dijo Fernández Santos, “de nazis, para nazis, sobre nazis”, como dijo Hitler. Su título es: El triunfo de la voluntad.

Era un título nietzscheano, lo que no quiere decir que las ideas de Nietzsche, cuya inteligencia se había oscurecido 45 años antes, apuntaran a algo como el movimiento nacional-socialista. Las ideas de un filósofo pueden encontrarse tiempo después en un movimiento social o político posterior porque dicho movimiento así lo haya decidido, no porque él tuviera nada que ver. En la historia son las hijas las que engendran a las madres, dijo Hegel con razón.

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El viaje como síntoma epocal

Los viajes son hechos de no mucha importancia, pero son símbolos, entre otros que podrían elegirse, que muestran la diferencia esencial entre épocas de la historia. Mencionaré dos que recuerda Azorín en el capítulo IX de El alma castellana y que él extrae de El devoto peregrino, un libro de Fray Antonio del Castillo muy leído en su tiempo, y del Libro de las fundaciones, Vidas, Cartas, de Teresa de Jesús. Luego aludiré a otro que viene en la Wikipedia, que otros llaman Vulgopedia.

Del primero hay impresión en Gerona, el año 1699, que puede hallarse aún en Internet. Es el caso que el año 1626, en Granada, el padre prior del monasterio pide a Fray Antonio que vaya a un convento que la orden tiene en Tierra Santa. El fraile recibe la petición de rodillas, según imposición libremente elegida, y se pone en camino hacia Alicante el dos de julio. Sus avíos son pocos y sencillos: “un hábito, túnica y manto y una alforjilla en que llevaba unos paños menores, dos pañuelos, hilo, pedernal, eslabón y yesca y otras cosillas necesarias para el camino”, según cita de Azorín. El fraile va solo y a pie. No encuentra en Alicante las galeras que podrían llevarlo a través del mar. Marcha hasta Valencia. Tampoco aquí las halla. Va a Vinaroz, con el mismo resultado. Luego va a Barcelona, donde llega el 29 de agosto.

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Las feministas

Habían pasado unos pocos días desde mi última visita a la cafetería de aquel hotel. Me senté a la mesa de siempre. A través de los cristales pude ver el almendro en flor, anuncio de una pronta primavera. En la mesa contigua estaban las dos damas. La que había hablado sobre el feminismo como una forma del resentimiento seguía aduciendo razones, ahora de tipo social y económico.

«Es fácil probar, decía, que el feminismo no es causa, sino efecto, en lo social y económico, de algo que las secuaces de esta ideología desconocen, seguramente de modo voluntario.

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La liberación de los hombres

Entre los años 1965 y 1969 el 59% de las novias de raza blanca y el 25% de las de raza negra llegaron embarazadas al altar en los Estados Unidos, según los cálculos de Janet Jellen, Georg Akerlof y Michael Katz. En ese cálculo hay que resaltar dos notas. La primera es una constatación que trasluce en él: que las relaciones prematrimoniales eran generalizadas en aquellos años. La segunda, más llamativa y sólo en apariencia contrapuesta a la anterior, es que llegaban al altar, es decir, que los hombres se declaraban responsables del cuidado de sus novias y del niño que llevaban en su vientre.

El papel de la mujer en el parentesco es biológico. De ahí las él brota un impulso muy fuerte para el cuidado de su prole, impulso que es imprescindible para la continuidad de la sociedad. El del hombre no es biológico, sino social o moral. Es necesario que haya en su medio social un conjunto de principios de conducta que le inciten a cuidar de la madre y del niño, porque si no lo hace corre peligro la continuidad de la sociedad. En algún momento de la historia de la humanidad, dice la antropóloga Margaret Mead, se hizo un grandioso descubrimiento: las sociedades tienen que inducir en los varones el deber de aportar cuidados y recursos a las madres y a sus hijos.

 

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Ratzinger

Cada hombre es la vida que ha vivido. Cada hombre se completa el día último. Vivir ha sido, para Ratzinger, llevar adelante su tarea, tallar su persona a fuerza de perseverancia y lucidez. Es una de esas personalidades que se cuentan entre las mejor talladas de las sociedades. En el clero católico no escasean. Brillan y se conocen mejor las que han tenido cargos de obispo, cardenal o papa, pero es porque lo que está en algo se ve a lo lejos, en tanto que lo que está más abajo suele pasar desapercibido.

Los individuos de esta clase han logrado una vigorosa excelencia y una atractiva nobleza. Su rostro y sus ademanes reflejan el poder que ejercen sobre su ser y su acción. Su trato es amable. Escuchan a otros con atención y hablan lo preciso. A veces son incluso bondadosos, lo que oculta un carácter firme y una mente enérgica. Pueden sufrir titubeos y vacilaciones, pero a la larga delinean una biografía recta, enderezada a un fin que han logrado no perder de vista, haciendo de ella una obra perfecta. No de otro modo extrae el escultor su estatua del duro mármol, a golpe de martillo y escoplo, limando las asperezas con esmero y sosiego.

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