Impuestos y tiranía

Piensan muchos que el gobernante no debería tener obstáculo alguno ante sí a la hora de poner impuestos y gabelas al pueblo. De ellos, unos lo han defendido con mucha fuerza cuando ha gobernado su sección, como sucedió en la época de Rusia soviética y sucede ahora todavía en algunos otros lugares, como Cuba. Otros, que hacen gala de defensa de la democracia, aducen que es requisito necesario el convocar Cortes. Y todos ponen por delante ideales como el de la justicia social, sin que ninguno sepa decir en qué consiste, y la función social de la propiedad, recogido este último en la Constitución del 78, que tampoco saben lo que es, si es que hay algo que saber aquí.
A lo de convocar el Parlamento para obtener de él su aprobación, pretendiendo así haberla obtenido del pueblo que ha de pechar con los gravámenes, habría que responder aquello que dejó escrito Juan de Mariana en su Sobre la moneda de vellón, cap. II, es a saber:

La propiedad del súbdito

Dice Juan de Mariana en su Tratado de la moneda de vellón (en Obras del padre Juan de Mariana, tomo II, M. Rivadeneira, Madrid, 1854, páginas 577-591) que la ralea de hombres más perjudicial que hay en el mundo y la que más abunda en la cercanía del poderoso es la que trata de extender el poder de éste. Pero que el poderoso se engaña si se deja convencer por tales sujetos, porque, consistiendo su grandeza solo en “la salud pública y particular de los pueblos”, debido a que el mando es como la virtud, que tiene un exceso y un defecto y deja de ser buena tanto en un extremo como en el otro. Y así como es saludable llevarse alimentos a la boca cuando es menester, pero es sumamente insalubre comer en demasía, así también es bueno ejercer el mando con prudencia y es malo acumular más del que conviene, pues entonces el rey se hace tirano y su gobierno no solo se hace malo y odioso, sino sobre todo débil y poco duradero, pues concita contra sí la enemistad de sus vasallos, contra la que no hay fuerza que valga si se alza contra él.
No debe, pues, el rey, por mucho que se lo barboteen al oído sus aduladores, pensar que es suya la propiedad de los súbditos. Tome de ella lo necesario para la salvaguarda y protección de éstos así en la guerra como en la paz, tanto en asuntos de milicia como de comercio o administración de las haciendas privadas. Pero no tome más de lo necesario para estos fines sin el consentimiento del pueblo si no quiere horadar la base en que se sustenta el reinado. A la verdad, tampoco debe tomar lo necesario para los fines antedichos si el pueblo no lo consiente.

El sueldo del legionario

En sus Discursos políticos (1), “Discurso tercero. Sobre el dinero”, Hume se apoya en el libro IV de los Annales de Tácito para traer a colación que un soldado de Roma cobraba un dinero al día, lo que equivale a algo menos de ocho sueldos de su tiempo en Inglaterra. Un emperador mantenía normalmente unas veinte y cinco legiones, que a cinco mil hombre por legión suman un total de ciento veinticinco mil. Había también legiones auxiliares, pero, siendo variables su número y la paga de de sus legionarios, no es preciso tenerlas en cuenta aquí. Si se cuentan solo los soldados rasos, la paga de las veinticinco legiones no iban más allá de 1.600.000 libras esterlinas de la época de Hume, lo que es bien poco en verdad, pues, como él dice, el Parlamento Inglés había concedido para la última guerra 2.500.000 libras. Hay 900.000 de diferencia, que podrían haber bastado para pagar a los oficiales y atender otros gastos de las legiones de Roma. Y habría sobrado a buen seguro, pues en estas legiones había muy pocos oficiales en comparación con los que hay en los ejércitos modernos. Además la paga de aquéllos era muy exigua. Un centurión, por ejemplo, solo cobraba el doble que un solado, según dice Tácito en el libro I de sus Annales. A esas soldadas hay que descontar además el coste de la tienda, las armas y la ropa, que el emperador se cobraba del sueldo del legionario. Luego resultó muy barato mantener un ejército tan poderoso como el de Roma y extender los dominios del Imperio a todo el mundo conocido. Roma no dispuso de grandes cantidades de dinero ni siquiera después de la conquista de Egipto.

La voluntad popular

El sentido de los movimientos revolucionarios que eclosionan en Francia el año 1792 y en Rusia el 1917 es el mismo: destrucción de los diques que impiden la expansión sin freno del poder. La lucha contra las fuerzas centrífugas venía de lejos y algunos habían intuido vagamente la marcha auténtica de la historia. En Francia es Felipe el Hermoso el primero en convocar al pueblo llano a los estados generales porque se había percatado del impulso profundo de las aspiraciones plebeyas. En Rusia fue Iván IV, llamado el Terrible por sus enemigos, quien se alió con el pueblo contra los boyardos. Varios monarcas se habían apoyado también en España en el pueblo contra los nobles y los territorios.
Luego será el pueblo el que complete la tarea. En Francia sin Luis XVI, en Rusia sin Nicolás II. Lo que no se había atrevido a hacer la realiza, suprimir los privilegios de antaño, lo hace la asamblea revolucionaria en unas pocas sesiones.

Ascenso del poder real

El rey antiguo no disponía del poder que la demagogia actual le atribuye con el fin de justificarse a sí misma. Es verdad que su autoridad había crecido, pero con mucha lentitud y penetrando de forma desigual en los diferentes estratos de su reino. Basta leer la biografía de un monarca tan esforzado como fue la reina Isabel de Castilla para comprender las limitaciones de la realeza.
Los impuestos del rey tenían que ser refrendados por las cortes. Su justicia no se aplicaba igual en todas las regiones y provincias de su reino. Venía obligado a guardar respeto en público y en privado a los usos y derechos de los territorios. No tenía más remedio que entenderse con los representantes del clero para los asuntos más importantes. La adjudicación de Brasil a la Corona de Portugal y del resto a la de Castilla hubo de tener lugar por un veredicto papal, que causó profundo disgusto, entre otros, al rey de Francia. Es fama que este rey pidió que se le mostraran las cláusulas del testamento de Adán que daban ese derecho a ambas coronas y privaban del mismo a las del resto de Europa. Con todo, el rey francés acató el dictamen de Tordesillas y las Bulas Alejandrinas.

Administración de personas

De lo escrito en la ficha anterior se extrae con facilidad una visión certera de la evolución del dominio de los menos sobre los más, evolución que por ahora tiene su culminación suprema en el régimen democrático, pese a que éste parecería ser el dominio de los más sobre los menos, lo cual es solo un espejismo nominal.
Para caer en la cuenta de ello no se debe centrar la atención sobre el hecho de que en los últimos cuatro o cinco siglos hayan existido monarquías, directorios, consulados, repúblicas, gobiernos de partido único, o regímenes parlamentarios llamados democracias. El poder es uno y tiene su propio desarrollo a través de esas formas que no alteran su sustancia.

Tiranías revolucionarias

Se dice que las revoluciones son alzamientos contra los tiranos y así se presentan ellas mismas, pero no es verdad. Su triunfo mismo lo prueba. La que logra derrocar a un tirano es porque su poder era débil y nadie llamará tirano a un poder así. Consiguen sobreponerse a Luis XVI de Francia, Nicolás II de Rusia, pero no contra Luis XIV, ni contra Pedro I el Grande de Rusia. Franco murió de vejez y en los cuarenta años que duró su mandato no encontró resistencia alguna que le hiciese correr el riesgo de perderlo. La sublevación post mortem a la que asistimos hoy, cuando han pasado ya más de treinta y cinco años desde su desaparición, es algo ridículo.
El movimiento popular revolucionario no derroca tiranos, sino que los eleva y los pone sobre sí. Henchido de entusiasmo, el movimiento suprime a los peones desgastados del régimen anterior y abre el camino a quien sepa colocarse a su cabeza y encarnar en su persona el entusiasmo revolucionario. ¿Cómo no obedecer a ciegas a alguien así, a alguien que emerge de la ola que todo lo arrasa a su paso? La tiranía de un individuo o un grupo de esos será tanto más completa cuanto mayor sea la destrucción de los poderosos anteriores, porque se le habrá allanado el camino. Para defender su palacio, Luis XVI tuvo que contratar a soldados suizos, a los que no fue luego capaz de darles la orden de atacar al pueblo de París cuando éste se sublevó contra él: “Decidles que no disparen”. Para enfrentarse a toda Europa, los revolucionarios proclamaron el principio de la nación en armas y pusieron en pie de guerra un ejército tras otro reclutando a todos los hombres de Francia. Un poder tan inmenso no estuvo al alcance de ningún monarca en la historia de Europa.

Finalidad de la revolución

Una revolución se presenta siempre cargada de sueños, sobre todo para los más débiles. Es el trasunto político, en la tierra, de la redención salvadora que predica el cristianismo para el cielo. No es extraño que muchos de sus más fervientes seguidores sean creyentes sinceros que, o bien han conservado y acrecentado su fe y ven la mano de Dios alterando el orden político para traer la felicidad a los oprimidos, o bien la han cambiado por una creencia terrenal que les empuja con fuerza idéntica en pos del mismo fin.
La luz del alba revolucionaria inunda todo el paisaje. El primer día del nuevo mundo llega lleno de promesas. Hasta los enemigos de los sucesos que están empezando a desencadenarse, aquellos que habrán de caer bajo la cuchilla de la guillotina y los tribunales populares, henchidos de entusiasmo revolucionario, se entregan sin reservas al movimiento juvenil que excita el amor de todos entre sí. Todos son ahora camaradas, hermanos, compatriotas queridos. Ninguno ve el nubarrón oscuro que se cierne sobre ellos.

Diecisiete nacioncillas

En el instinto popular se ha grabado la comprensión del poder mejor que en muchos tratados de teoría política. Esto es cierto sobre todo cuando el mando es opresivo. Y más en particular cuando la opresión procede de una organización política democrática. Para muchos, el poder era antes una sola voluntad, la del monarca, que … Leer más

Las revoluciones

Los historiadores prestan mucha atención a las revoluciones. Las presentan como explosiones de grandes principios que venían gestándose con anterioridad, como llamaradas de libertad. Son épocas violentas que ellos justifican por el inmenso bien que ha resultado de ellas: personajes desconocidos ascienden a la cumbre para guiar a la multitud que estalla n episodios de insólita brutalidad, el pueblo santo y sufrido despierta de un letargo de siglos y se sacude las cadenas de la servidumbre, una nueva era luminosa amanece, etc.
Las revoluciones son una oportunidad de oro para que los historiadores –también los novelistas, los mitólogos, los visionarios, los agitadores sociales, etc.- manifiesten su entusiasmo y con pluma ardiente nos cuenten sus convicciones morales y políticas.

Los comunistas andaluces

El cinco de mayo, aniversario del nacimiento de Carlos Marx, supimos por la prensa escrita que en el gobierno socialdemócrata de la región andaluza habían entrado tres militantes del Partido Comunista Andaluz. Este hecho debería ser considerado como una grave infracción de la tradición y la doctrina comunistas.
Debe considerarse una desviación de la tradición comunista que por primera vez publicó en el órgano oficial Izvestia en 1929 su decisión de “luchar contra el ala izquierda de la socialdemocracia” porque “sostiene la política del socialfascismo”. Se pensaba entonces que los jefes social-fascistas y anarco-sindicalistas habían iniciado una guerra a muerte contra el comunismo internacional. El socialfascismo era para aquellos comunistas que habían asistido a la ruptura socialdemócrata de la II Internacional una organización que se hace eco de los intereses de la burguesía con el fin de frenar el impulso revolucionario del proletariado, inventando huelgas en España, pregonando movimientos revolucionarios fantásticos, ayudándose de la prensa burguesa, preparando la Gran Guerra, etc.

Nicolás Maquiavelo

Nicolás Maquivelo nació el día tres de mayo de 1469 en Florencia. Se cumplen hoy 543 años. Sus ideas pueden insertarse en la corriente humanista que en aquellos momentos dominaba la filosofía en Italia. Se trataba de comprender lo humano desde una perspectiva mundana, como algo distinto de lo divino y de lo natural, como la esfera de un ser racional y finito que, pese a sus limitaciones, tiene en su mano la llave de su porvenir. Lo cual no era oposición a la interpretación religiosa propia de siglos anteriores, porque el renacentista no niega el más allá, tal vez porque no fue un tiempo de razón, sino de acción. No es el pensamiento moderno lo que nace con los siglos renacentistas, sino el hombre moderno. La filosofía que se habría de hacer cargo de este hecho vendría más tarde, somo siempre sucede.
El Renacimiento es ante todo sentido práctico desbordado a todo lo que hacen los hombres. Por eso se reactivó la ética como ideal de construcción de la propia personalidad, la política como reglas de construcción del Estado, la economía como instrumento de administración de la casa, etc. Es tiempo de artistas, conquistadores, exploradores y hacedores de Estados a ambos lados del Atlántico. Entonces fue más importante hacer cosas que comprenderlas.

Socialismo o libertad

Agresión institucional contra la libre iniciativa, que puede tomar la forma de expropiación, de protección estatal de un sector frente a otros, de monopolio en la venta de bienes y servicios, de organización estatal de la producción económica, etc. Eso dice Huerta de Soto que es el socialismo. Teniendo en cuenta que una nota esencial del hombre es su capacidad de actuar de forma libre y creativa, el socialismo es entonces una agresión contra la naturaleza humana misma. La historia del socialismo es muy antigua. Ya los valdenses del siglo XII, que adoptaron el nombre de insabattatos, negaban todo tipo de propiedad. En su forma moderna es un tipo de coacción de la libertad que se presenta y justifica a sí misma con un intento pretendidamente científico y contrastado y ya no religioso como el de los valdenses de mejorar la sociedad humana, de hacer que su desarrollo sea más eficaz y de lograr fines justos.
Los seguidores de la idea socialista fustigan la libertad que la puesta en práctica de su doctrina tendría que aplastar como algo negativo e injusto, como la mera libertad empresarial de abusar de trabajadores indefensos. En esto hay que admitir que su éxito ha sido grande. Una vez eliminada la atención al medio, trocado en maldad por la doctrina, queda el fin como algo fastuoso. Así no es extraño que la doctrina sea vista de hecho como una de las creaciones más sencillas, grandes y ambiciosas que ha producido el espíritu humano. Tampco es extraño que sean muy pocos los que han podido librarse de su embrujo. Entre estos pocos habría que contar a Juan Pablo II, que en su Centessimus annus, 48, dice así sobre los excesos del estado asistencial:

Thomas Hobbes

Thomas Hobbes of Malmesbury vino al mundo un día cinco de abril de 1588. Fue el primero que confeccionó una teoría política no inferior a la de Aristóteles, siendo su polo opuesto. Se desligó de la teología y consiguió apoyarse solamente en el poder de la razón, siguiendo el camino trazado antes que él por Maquiavelo. No debe extrañar ese intento, que estaba presente también en hombres de religión como el P. Suárez, para quien el poder se asienta sobre los gobernados.
La filosofía política de Hobbes ve al hombre como un compuesto de dos contrarios, la pasión y la razón. Por la primera se halla en posesión de un apetito natural que le empuja a apoderarse del máximo de cosas para sí mismo. De ahí deriva, por un lado, el hecho de que la naturaleza nos ha hecho tan semejantes que incluso el más débil puede matar al más fuerte si se alía con otros o actúa con astucia. Todos los hombres son iguales, pues, en esto: en que uno puede matar a otro. Del mismo apetito deriva, por otro lado, que, deseando todos los mismos bienes, es inevitable que choquen entre sí, lo que viene agravado por la igualdad existente entre todos, pues si fueran unos inferiores y otros superiores no abrigarían los primeros esperanzas de vencer a los segundos y no pensarían en rebelarse, como no se rebelan las gacelas contra los leones.

Sobre la huelga general en España y Rusia

La primera república española
De “ignominiosa insurrección” fue calificada la sucesión de actos que condujo a la proclamación de la primera república española, según Engels. Una proclamación que se produjo el día 8 de junio de 1873, después de que el “primer rey huelguista de la historia, Amadeo de Saboya, harto de la corona de España, abdicara de ella y abandonara el país”.