Tasas de suicidio en España y Francia

A modo de ejemplo de datos actuales que corroboran la Tasa de suicidio en España (1978–2024)

La ley 30/1981 de julio de 1981, o ley de divorcio, tuvo una reforma clave en la 15/2005, o ley de divorcio exprés. Son dos hitos que jalonan cualquier intento de correlación temporal. Las series de suicidio desde 1980 indican que la mortalidad por suicidio ha crecido de forma moderada a largo plazo, con predominio masculino constante. Un análisis con puntos de inflexión sitúa el paso de 6,7/100.000 (hombres, 1980) a 11,7/100.000 (hombres, 2016) y de 2,2 a 3,8/100.000 en mujeres.

Hasta 2006 el INE publicaba, en la Estadística del Suicidio, tablas con estado civil (soltero/casado/viudo/divorciado) y sexo; desde 2007 el sistema cambió y esa desagregación no se difunde de forma continuada en tablas públicas (sí hay microdatos, pero no serie agregada abierta). Ignoro el motivo, que me preocupa poco o nada, excepto si fue para no hacer referencia al posible agravamiento por la ley de divorcio exprés. Nivel más reciente: el INE y Sanidad sitúan 2023 en torno a 4.116 suicidios (≈74 % varones) y apuntan a descenso provisional en 2024, manteniéndose la sobrerrepresentación masculina.

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La sombra del divorcio

Donde los divorcios son muchos incluso los casados son más propensos a quitarse la vida

Durkheim recogió más de veinte mil historias de final sombrío y vio en ellas un patrón obstinado: los divorciados se quitaban la vida con una frecuencia tres y hasta cuatro veces mayor que los casados, aun siendo de la misma edad, y más todavía que los viudos, pese a que éstos no eligen su soledad. Tenía que haber, concluía, algo en el acto de divorciarse, un veneno moral o un peso material, que abría la puerta a la resolución última.

El viudo soporta un golpe brutal, la pérdida no buscada y el vacío que le trastorna. Sin embargo, se mata menos. El divorciado, más joven muchas veces, más libre en apariencia, se acerca con mayor facilidad al abismo. En esa paradoja late el secreto: el divorcio no es un simple trámite legal, sino una grieta que abre en el espíritu un corredor hacia la nada.

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El aire enrarecido de la modernidad

Cuando el freno se debilita, cada individuo queda expuesto a sí mismo

La palabra anomia, de raíz griega (a-nomos, “sin ley”), no nombra solo la ausencia de reglas externas. En Durkheim designa una fisura en el tejido que sostiene la vida en común, una grieta en el vínculo moral. Es algo mucho más hondo que la falta de normas externas.

La anomia hace su aparición en el tránsito de las sociedades arcaicas, unidas por semejanza, a las modernas, tejidas por la diferencia y la interdependencia, una interdependencia que nunca había sido tan grande como es hoy, por más silenciosa que sea. Es un progreso técnico y funcional, un ascenso, pero no está exento de sombra. Cuando las tareas se fragmentan sin una norma superior que las oriente hacia fines compartidos, la cohesión se afloja y el individuo queda sin brújula.

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El templo de las musas

Es imposible que los antiguos tuvieran museos

En la Antigüedad se erigieron templos a las Musas, mas no museos. Aquellas divinidades, que en un principio fueron ninfas de fuentes escondidas, pasaron a ser guardianas de la música, la poesía, la tragedia y la historia. Se decía que su culto nació en las cercanías del Helicón beocio, donde un recinto con estatuas guardaba su memoria. Desde allí, un macedonio llevó la devoción a Tespis, donde se celebraban festivales solemnes, mientras el Parnaso les consagraba sus cumbres. Pitágoras les ofreció un templo en Crotona para inspirar concordia, los atenienses levantaron otro junto a la Academia, y hasta los espartanos las invocaban antes de la batalla. Roma acabaría compartiendo su altar con Hércules, como signo de la fusión entre fuerza y palabra.

No hay canto grande que no invoque a las Musas: desde el solemne arranque de la Ilíada hasta Virgilio, Dante, Milton o Shakespeare. Homero fijó su número en nueve; Hesíodo convirtió ese número en dogma poético. Cada una con su dominio, desde la epopeya hasta la astronomía, fueron la personificación de la inspiración. Su alimento eran libaciones de miel y leche, dulzura terrestre ofrecida a lo divino. La Biblioteca de Alejandría, regida en sus últimos años por Hipatia, se erigió cerca de un mouseion, pero ese nombre no designaba aún lo que hoy entendemos como museo. Era un santuario de la memoria poética, no una colección histórica.

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El desajuste del hombre

Recurro a la antropología y la sociología para dar más precisión a mis notas. Comienzo poniendo en contraste el ajuste animal con el desajuste humano.

La naturaleza, que en el animal ensambla como un artesano minucioso la pieza exacta en el hueco exacto, parece haber abandonado al hombre antes de tiempo, como si lo hubiera arrojado del taller sin pulir las aristas. Quedó incompleto, abierto y con resortes sueltos que no encajan del todo.

Ese desajuste no se corrige con la edad. El adulto sigue siendo un cuerpo sin compás fijo, atravesado por impulsos que no obedecen a ritmo ni a destino. Su sexualidad, por ejemplo, no se ciñe al orden sencillo del celo animal. En el perro, el deseo llega cuando la hembra lo llama con un signo claro; se cumple el acto y vuelve la calma. El hombre, en cambio, vive en una vigilia perpetua, encendido por cualquier chispa, por mínima que sea; un roce, una mirada, un recuerdo que se alza como un viento tibio en la noche, una vaga esperanza que ha brotado de una mirada, enciende el deseo. No hay llamada externa que ordene su impulso, ni calendario que lo module. Y esa energía, sin cadencia, tiende al desborde. Está condenado a guardarse o a perderse.

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El mal del infinito

Un corazón que bebe de mil fuentes siempre vuelve sediento

Hay hombres que, sin saberlo y quizá sin habérselo propuesto, viven en un mapa dibujado con fronteras firmes. En ese territorio acotado que alberga un hogar, un rostro y un vínculo que no cambia, encuentran el equilibrio moral que los mantiene enteros. El esposo que ha aceptado esa determinación del matrimonio no busca otros puertos, porque intuye que romper la línea de su deber sería soltar amarras hacia un mar incierto. Contiene sus deseos como se guarda una lámpara encendida del viento. Y así, esa disciplina se convierte en una extraña bendición. Le obliga a encontrar la felicidad en lo que tiene, y, por esa misma razón, le entrega los medios para hallarla. Si su pasión debe girar siempre en torno a un único sol, ese sol no debe apagarse, porque la órbita es mutua. Sus goces, definidos, también están asegurados, y esa certeza refuerza la coherencia de su espíritu como una piedra pulida por los años.

Pero hay otros que viven en llanuras abiertas. El que nunca ha entrado en el matrimonio o ha salido de él por cualquier motivo, cree encontrarse suelto -soltero-, libre para dirigirse a cualquier horizonte, tender la mano a lo que le plazca; y, por eso mismo, nada lo sacia. Es el mal del infinito, un viento seco que se cuela por todas las rendijas de la conciencia. A veces toma forma sexual, pero podría disfrazarse de cualquier hambre. Cuando nada nos detiene, nada nos gobierna. Después de todos los placeres posibles, se sueñan otros; y cuando se ha tocado casi todo lo que la vida ofrece, se ansía lo imposible, se tiene hambre de lo que nunca existió. Es como el que tiene sed y bebe agua del mar.

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El amor convertido en soledad

El relato del amor ha sido secuestrado por la literatura

Había una vez, porque toda historia verdadera comienza con una advertencia disfrazada de fábula, una civilización que enseñó a su gente a dejar de amar. No lo hizo con imposiciones ni leyes, sino con algo mucho más sutil, con palabras, con historias y novelas que olían a promesas nuevas, con canciones susurradas desde la radio del coche al atardecer, con películas donde el beso era el fin y no el comienzo, y con pantallas que devolvían, una y otra vez, la imagen de la fuga disfrazada de libertad. Promesas, muchas bellas promesas de felicidad que se tornaron en desasosiego, tristeza, melancolía y soledad.

En ese mundo, las parejas se deshacían como castillos de arena en la orilla, y nadie sabía muy bien cuándo empezó la marea. Pero si uno escarba entre las páginas de la literatura puede que encuentre el origen. El comienzo pudo ser muy bien el de un joven llamado Werther que se enamoró demasiado y no supo qué hacer con tanto fuego en el pecho. En vez de olvidar, se quitó la vida. Y el mundo de los lectores, en vez de temer, aplaudió su tragedia. Se vendieron copias, se vistieron jóvenes como él, y otros, en secreto, imitaron su final. Así nació el amor romántico como drama último, como sacrificio y teatro de la desesperación.

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Enamoramiento

No es posible que ese éxtasis sea duradero

Estar enamorado es como caminar por un campo de trigo en llamas al atardecer, con los pies descalzos y el corazón desnudo. Todo en ti arde y canta. Te parece que el mundo acaba de ser creado para ti y para la otra persona, y que cada hoja, cada brizna de hierba, cada nube con su ribete de oro, ha sido pintada por el dedo de Dios en un impulso de alegría. En ese estado glorioso, porque lo es, los hombres se vuelven valientes, generosos, casi transparentes. Ven el rostro de la amada y, en él, el reflejo del mundo entero, más limpio, más puro, más bello. La carne se serena, el instinto se arrodilla, y el alma, mariposa tímida, se atreve a volar un poco más alto.

Es, en verdad, una conquista. Pero no la última ni la mejor.

Porque el error está en quedarse allí, en construir una catedral sobre el rayo. ¿Cómo fundar una casa sobre una chispa? La emoción, por naturaleza, tiembla, relumbra y desaparece. Los sentimientos son fuegos fatuos. Aparecen al anochecer, danzan sobre el humedal del espíritu, y se disuelven con el rocío del día siguiente, aunque no por eso dejan de ser hermosos. Pero no basta con que algo sea hermoso para que sea duradero. Todo lo contrario en este caso.

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El culto oscuro de la voluntad

Puede parecer un retorno a la firmeza, pero es un camino untuoso y cómodo

Hay un murmullo que atraviesa las estanterías de las librerías modernas, un eco de antiguas promesas revestidas con palabras nuevas, un soplo de sacralidad laica que no se atreve a decir su nombre. Se disfraza de consejo útil, se presenta como método, se imprime en papel satinado y adopta con frecuencia la forma de manual de autoayuda. Se diría que no hay altar más frecuentado hoy que el de la voluntad, aunque no se le llame templo, y que no hay rito más reiterado que el de hacerse, cada mañana, un hombre de acción.

Este culto encubierto, porque no es uno, sino una constelación de ellos, se manifiesta en el arte de gestionar las veinticuatro horas, en el dominio de la concentración, en el rendimiento laboral entendido como propósito vital, en la ingeniería de la eficacia personal. Lo mismo inspira al ejecutivo que aspira a ascender, que al autor que promete fórmulas para “superar inhibiciones” o conquistar la energía. La voluntad se ha hecho, así, no sólo virtud o capacidad, sino objeto de veneración. Ya no basta con tenerla. Hay que cultivarla, ejercitarla, perfeccionarla como quien afila un instrumento sagrado. El esfuerzo ya no es medio, sino fin; no es camino, sino altar.

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La mistagogia como religión encubierta

Sobre la liturgia secreta de los números

Hay religiones sin dioses y sin altares, sin himnos ni revelaciones, sin mártires reconocidos ni teologías sistemáticas. Son, sin embargo, más persistentes que muchas fes verdaderas, porque no se reconocen como tales ni se ven amenazadas por la crítica frontal. Son religiones encubiertas, cuya fuerza no reside en el dogma, sino en el rito disfrazado, en el misterio sin nombre, en la pertenencia velada. Y como toda religión encubierta, sólo puede ser desenmascarada por una verdadera religión, nunca por la lógica.

La lógica convence, pero no convierte. Para desarraigar una religión, aunque sea falsa, no basta con desenmascarar su error. Es preciso tocar el alma, ofrecerle otro misterio más digno de adoración. Porque el hombre no puede vivir sin secretos, sin signos, sin símbolos. Toda juventud inventa su jerga, todo club su léxico, todo amor sus claves. Aun cuando no sean necesarios, los secretos se cultivan como dulces y se guardan como tesoros. Lo importante no es lo que significan, sino que no todos lo entienden. Es esa frontera invisible la que confiere identidad, pertenencia, superioridad. Hay en ello una liturgia sin altar, una misa sin hostia.

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La elefantiasis del deseo

De cómo un gusto privado se torna principio cósmico

No tiene altares ni himnos, ni clero, ni dogmas explícitos. Pero sí mártires, confesores y un fervor que todo lo impregna. La defensa vehemente de la homosexualidad, tal como se ha venido mostrando desde hace tiempo, se presenta como religión encubierta, mas no de incienso y cruz, sino de estética y disidencia. Como toda fe profunda, nace de un deseo de saber más y ser otra cosa. Se separa del cauce común, del hilo elemental que une al hombre con la mujer, y erige su templo en una secesión deliberada del mundo ordinario.

Oscar Wilde, que lo vivió en carne y palabra, dejó trazados los mandamientos de esta religión sin nombre en una conversación con Frank Harris. Decía que, desde el punto de vista de la belleza, ningún muchacho podía compararse con una mujer. Todo escultor, según él, debía corregir los senos y las caderas, suavizar lo abundante, idealizar lo curvo. El juicio era claro: lo que el mundo llama belleza femenina es, en realidad, deseo masculino mal comprendido. El joven, además, carece de celos, es compañero sin exigencia, presencia sin sombra. No siente envidia ni hostilidad hacia el trabajo del hombre. La mujer, decía Wilde, es un gato. El joven, un hombre. La pasión femenina, según él, degrada, pues busca seducir, no amar; desea el deseo del varón más que al varón mismo.

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Los sellos invisibles

La necesidad de sentirse distinto

Desde algún país europeo. Primer tercio del siglo XX. Bajo las luces gastadas de los bulevares de París, mientras los cafés vierten vino y sospechas, se murmura aún hoy sobre la “Federico Barbarroja”, esa supuesta sociedad militar secreta alemana con tres millones de miembros. ¿Fantasía política? Tal vez. ¿Miedo disfrazado de fábula? Más seguro aún. Pero los alemanes conocen bien ese cuento y, en lugar de desmentirlo del todo, prefieren inventar otros.

No los inventan en las novelas, sino en las cervecerías, entre jarros de espuma y colillas, entre manos callosas y miradas serias. Hablan con gravedad de medios misteriosos capaces de hacer caer del cielo a los aviones enemigos, y del “Dingemittel”, esa palabra absurda y mística, ese polvillo secreto que multiplicará las cosechas como lo haría un profeta del Antiguo Testamento.

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Las sombras que rezan

Sobre el lugar de los sacerdotes de la sospecha

Hace ya más de un siglo, en una biblioteca alemana donde el polvo era una capa de siglos y no de días, apareció un libro grueso, pesado como un oráculo y frío como un bisturí. Su autor, Alfred Lehmann, director de un laboratorio donde se diseccionaba la mente humana, se propuso la inusual tarea de atrapar, catalogar y aniquilar el murmullo que vive entre las grietas de la historia. Superstición y Hechicería se llamó la criatura. Y con ella, Lehmann creyó haber cercado el jardín secreto de las religiones encubiertas.

Pero ese jardín profundo, húmedo y resbaladizo no se deja cartografiar tan fácilmente. Porque quien llame “superstición” al fervor que se arrastra por las rendijas de las catedrales caídas no ha entendido nada. El mundo del espíritu, incluso disfrazado con máscaras de sangre y misterio, está más emparentado con la razón que con la necedad. Es su hermano indómito, su sombra luminosa. La verdadera superstición, en cambio, no argumenta, no deduce, no construye, sino que se agazapa. No quiere saber, sino sólo creer.

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Sobre lo importante de las religiones encubiertas

No debe atenderse al delirio, el fraude, el engaño o la mistificación, sino a la fe del creyente.

Antes de examinar las formas concretas que adoptan hoy las religiones encubiertas, formas tales como sectas, cultos, movimientos de apariencia espiritual, ideologías transfiguradas, etc., conviene detenerse en una dificultad preliminar que, sin ser nueva, tiende a empañar el juicio con un velo de simplificación: el problema del fraude.

Carl Christian Bry lo expresa con meridiana claridad: se suele comenzar el estudio de estas religiones preguntando si son auténticas o falsas, si sus líderes son visionarios sinceros o meros estafadores. Esta pregunta, que parece la principal, y que acaso sea la única para muchos, encierra el riesgo de subestimar la cuestión misma por reducirla a una pesquisa moral o penal, con lo que se niega, sin desearlo, la posibilidad de comprender lo que se juzga. Y eso, en el fondo, es un modo de inmunizarse contra la inquietud y el estudio objetivo de este asunto.

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