La utopía

Estructura general de las utopías revolucionarias
El género utópico abarca un número grande de movimientos sociales, religiosos y filosóficos, que unas veces están dirigidos a la acción política y otras no. Todos coinciden en negar el presente, pero los que desembocan en la acción política lo hacen en nombre de un futuro feliz y justo. Su plan de acción se encuadra, según ellos, en el curso de la historia general de la humanidad, que se divide en tres etapas, siguiendo la escatología judeo-cristiana:

La Moira

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La república federal

Fue una expresión talismán: en los años de la primera república española se era partidario de la república federal o se era un criminal, un estúpido, etc. Pero cada cual entendía por "república federal" lo que se le antojaba. Así lo explica Gustave le Bon en la obra citada en la ficha anterior:

Tiranía de los comités

La aparición del hombre masa propio de las democracias parlamentarias actuales fue un fenómeno que causó sorpresa a los filósofos desde la última mitad del siglo XX. He aquí cómo expresa Gustave le Bon, en Psicología de las masas, publicada en 1895, su opinión acerca de los comités, sindicatos, etc., que se encargan de organizar la acción de las masas:

Izquierdas confusas

Muchos individuos se llaman de izquierdas sin saber lo que dicen. Es corriente encontrar asociaciones, clubs, periódicos, cadenas de televisión, etc., que así se denominan a sí mismos sin que figure en parte alguna una exposición de sus directrices que lo justifiquen en función de alguna variable política. Todas estas corrientes y asociaciones o bien caen en fantasías y ensoñaciones o bien andan fuera de carril; del carril de la política, que tiene relación con el Estado, quiero decir; de ahí que G. Bueno les dé a unas el nombre de izquierda divagante y a las otras el de extravagante, habiendo todavía lugar para una tercera, la fundamentalista, de la que no se hablará por ahora. Las tres se identifican en función de variables no políticas, sino musicales, folclóricas, cinematográficas, teológicas, científicas, etc.

El maoísmo

La última de las generaciones de izquierda que tiene G. Bueno en consideración es el maoísmo, el cual, como la tercera, cuarta y quinta generaciones de izquierda, se inspira en el marxismo. Y aunque Mao se declaró a veces marxista-leninista, la doctrina que lleva su nombre no es un mero epígono del comunismo soviético. En cuanto marxistas, los tres géneros de izquierda (tercera, cuarta y quinta) toman el estado burgués como plataforma de los cambios políticos, en contra del anarquismo. También coinciden en pretender transformar todos los estados burgueses en una sociedad comunista universal.

El comunismo

Se trata del comunismo tal como pretendió encarnarse o quizá se encarnó de hecho en la Unión Soviética durante el siglo XX. Este género de izquierda siguió el camino bonapartista en cuanto se esforzó por implantar el comunismo mundial a partir de su propio establecimiento en un estado, el soviético.

La socialdemocracia

A este género de izquierda pertenecen, a partir de los últimos años del siglo XIX y durante todo el XX, los partidos socialistas y socialdemócratas a partir de la Segunda Internacional y de la Internacional de Amsterdam, llamada Internacional Dos y Media, frente a la rama extrema de Lenin, de la que resultó la III Internacional (1919), orientada al KOMINTERN, es decir, al comunismo internacional.

El anarquismo

Las dos primeras generaciones de izquierda han convertido el Antiguo Régimen en Nación política moderna. Esta ha sido su obra. Su proyecto, la racionalización política y social del género humano por holización, sigue abierta, pero se sirve del Estado. La Nación es la plataforma para llevarlo a cabo. En la propagación de este proyecto se han constituido por todas partes naciones políticas, venciendo las resistencias exteriores, procedentes de otras entidades políticas, como los reinos o los imperios, sean los de centro Europa u otros, y las interiores, procedentes de los grupos antiguos, que se resisten a desaparecer.

Los liberales

El imperialismo bonapartista entró en España con los ejércitos de Napoleón, que destituyó a los reyes, impuso la Constitución de Bayona, inspirada en la francesa y votada por una asamblea estaba compuesta de cincuenta representantes de la nobleza, cincuenta del clero y cincuenta del pueblo llano. La asamblea no era nada democrática ni “representativa”. A sus seguidores -Leandro Fernández de Moratín, Meléndez Valdés, Diego de Hermosilla, Francisco de Goya, etc.- se les llamó afrancesados. En nuestros días estamos teniendo ocasión de ver cómo sus seguidores no caen en la cuenta de que defienden el imperialismo bonapartista.  El carácter izquierdista de aquellos no puede ponerse en duda, sobre todo porque se definían en relación a la Nación española, lo que se prueba por el hecho de que protestaran, aunque levemente, contra la adhesión a Francia de los territorios al norte del Ebro. No obstante, eran traidores de lesa patria en aquella coyuntura por colaborar con el invasor. Los liberales de Cádiz los habrían fusilado si hubieran caído en sus manos.

Idea de Imperio

Finis operis y finis operantis
La Idea de Imperio no puede explicarse como fruto de la ambición personal de un guerrero, un dirigente, un rey, etc. No cabe aquí la perspectiva del finis operantis, una perspectiva que, según Hegel, es la propia del ayuda de cámara. O del maestro edificante, que achaca al deseo de poder las conquistas de Alejandro, con lo que viene a decir a sus pupilos: “¿Véis? Como no soy ambicioso, yo no conquisto Persia”.

Izquierda e Imperio

El proyecto revolucionario no se engendró en el mundo roussoniano habitado por buenos salvajes, desprovistos de tradiciones legales, familiares, políticas, religiosas, etc., sino en un punto del planeta en que había entidades políticas cuyos miembros, pese a ser hombres, igual que los revolucionario franceses, por pertenecer a la especie homo sapiens, eran distintos de ellos por su pertenencia a esas unidades. Luego la revolución, si pretendía lograr sus fines, tenía que aplicar la racionalización analítica también a esas unidades políticas lo mismo que la estaba aplicando en al interior de Francia a los estados, las familias, los estamentos, etc.
El proyecto era doble: había que imponer la igualdad hacia dentro, venciendo las resistencias que muchos franceses estaban dispuestos a oponer, y hacia afuera, venciendo a los ejércitos que las potencias extranjeras estaban preparando en contra de la revolución. A la guerra civil se sumaba la guerra contra el exterior.