Un movimiento es de izquierdas o de derechas en sentido político si tiene que ver con el Estado, con su fortalecimiento y debilitamiento. Si no tiene nada que ver con él, entonces no es una cosa ni la otra. G. Bueno llama a los primeros definidos e indefinidos a los segundos. Estos últimos, queriendo acogerse al prestigio que da el poderse llamar “de izquierdas”, se tienen por tal, pero están lejos de serlo. Se trata de las vanguardias artísticas, de algunos movimientos rebeldes, los perroflautas, las ONGs que se sitúan contra la globalización, algunos movimientos anticulturales, religiosos etc., que en muchas ocasiones se sostienen sobre las subvenciones que los propios Estados les otorgan. Si acaso son izquierdas en un sentido impropio. Se parecen a las izquierdas en sentido propio en que, lo mismo que éstas se oponen a la derecha conservadora, ellas se oponen a la tradición o a lo que juzgan como tal. En todo caso, lo que hacen casi nunca tiene nada que ver con la acción política, sin perjuicio de que algún partido político lo aproveche para sus fines. ¿O habrá que aceptar que la música de Stravinski y la pintura de Dalí, que eran ambos de derechas, ha contribuido en algo a los objetivos de la izquierda porque se trate de actividades artísticas de vanguardia?
Puesto que aquí se toman en consideración las izquierdas en sentido propio y no figurado o impropio, se dejarán por ahora de lado esas agrupaciones que se dan a sí mismas un nombre que no las designa para, una vez establecidos los límites de las primeras, señalar el terreno que resta para las segundas. No serán pertinentes, en consecuencia, aquellos casos en que a alguna izquierda se le quieran añadir rasgos como la tolerancia, la mirada hacia el futuro, el pacifismo, la salud, la preferencia por unas fechas históricas, la manera de vestir, los modismos del habla, las preferencias culinarias, etc.