La elefantiasis del deseo

De cómo un gusto privado se torna principio cósmico

No tiene altares ni himnos, ni clero, ni dogmas explícitos. Pero sí mártires, confesores y un fervor que todo lo impregna. La defensa vehemente de la homosexualidad, tal como se ha venido mostrando desde hace tiempo, se presenta como religión encubierta, mas no de incienso y cruz, sino de estética y disidencia. Como toda fe profunda, nace de un deseo de saber más y ser otra cosa. Se separa del cauce común, del hilo elemental que une al hombre con la mujer, y erige su templo en una secesión deliberada del mundo ordinario.

Oscar Wilde, que lo vivió en carne y palabra, dejó trazados los mandamientos de esta religión sin nombre en una conversación con Frank Harris. Decía que, desde el punto de vista de la belleza, ningún muchacho podía compararse con una mujer. Todo escultor, según él, debía corregir los senos y las caderas, suavizar lo abundante, idealizar lo curvo. El juicio era claro: lo que el mundo llama belleza femenina es, en realidad, deseo masculino mal comprendido. El joven, además, carece de celos, es compañero sin exigencia, presencia sin sombra. No siente envidia ni hostilidad hacia el trabajo del hombre. La mujer, decía Wilde, es un gato. El joven, un hombre. La pasión femenina, según él, degrada, pues busca seducir, no amar; desea el deseo del varón más que al varón mismo.

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Lo que no se acaba

Por eso Ulises debió volver y enterrar a Elpénor. No por obediencia a los dioses. Sino por respeto al abismo. Había algo en la muerte que no podía tocarse, no podía encerrarse en un frasco de laboratorio ni encerrarse en un ataúd bien barnizado. Algo que no obedecía ni a los microscopios ni a las … Leer más

El amor cristiano

 

Dice Nietzsche que el amor cristiano es la más fina flor del resentimiento, una flor que habría germinado en suelo judío, en un pueblo siempre vencido y oprimido por sus vecinos y que, no pudiéndose vengar de ellos por causa de su debilidad, proyectó en el cielo un “Jehová vengador”, trocando así su frustración en desquite imaginado. Es un ejemplo de vida descendente heredado por el cristianismo, cuya “fina flor del resentimiento” es una máscara de amor con que disimular el odio real de quien no puede actuar contra una realidad que le supera y domina.

La tesis de Nietzsche es profunda y digna de ser tenida en consideración por haber traído a debate una idea fértil. De ahí que, al estudiarla se comprenda que es falsa, como afirma Max Scheler.

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