El templo de las musas

Es imposible que los antiguos tuvieran museos

En la Antigüedad se erigieron templos a las Musas, mas no museos. Aquellas divinidades, que en un principio fueron ninfas de fuentes escondidas, pasaron a ser guardianas de la música, la poesía, la tragedia y la historia. Se decía que su culto nació en las cercanías del Helicón beocio, donde un recinto con estatuas guardaba su memoria. Desde allí, un macedonio llevó la devoción a Tespis, donde se celebraban festivales solemnes, mientras el Parnaso les consagraba sus cumbres. Pitágoras les ofreció un templo en Crotona para inspirar concordia, los atenienses levantaron otro junto a la Academia, y hasta los espartanos las invocaban antes de la batalla. Roma acabaría compartiendo su altar con Hércules, como signo de la fusión entre fuerza y palabra.

No hay canto grande que no invoque a las Musas: desde el solemne arranque de la Ilíada hasta Virgilio, Dante, Milton o Shakespeare. Homero fijó su número en nueve; Hesíodo convirtió ese número en dogma poético. Cada una con su dominio, desde la epopeya hasta la astronomía, fueron la personificación de la inspiración. Su alimento eran libaciones de miel y leche, dulzura terrestre ofrecida a lo divino. La Biblioteca de Alejandría, regida en sus últimos años por Hipatia, se erigió cerca de un mouseion, pero ese nombre no designaba aún lo que hoy entendemos como museo. Era un santuario de la memoria poética, no una colección histórica.

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El desajuste del hombre

Recurro a la antropología y la sociología para dar más precisión a mis notas. Comienzo poniendo en contraste el ajuste animal con el desajuste humano.

La naturaleza, que en el animal ensambla como un artesano minucioso la pieza exacta en el hueco exacto, parece haber abandonado al hombre antes de tiempo, como si lo hubiera arrojado del taller sin pulir las aristas. Quedó incompleto, abierto y con resortes sueltos que no encajan del todo.

Ese desajuste no se corrige con la edad. El adulto sigue siendo un cuerpo sin compás fijo, atravesado por impulsos que no obedecen a ritmo ni a destino. Su sexualidad, por ejemplo, no se ciñe al orden sencillo del celo animal. En el perro, el deseo llega cuando la hembra lo llama con un signo claro; se cumple el acto y vuelve la calma. El hombre, en cambio, vive en una vigilia perpetua, encendido por cualquier chispa, por mínima que sea; un roce, una mirada, un recuerdo que se alza como un viento tibio en la noche, una vaga esperanza que ha brotado de una mirada, enciende el deseo. No hay llamada externa que ordene su impulso, ni calendario que lo module. Y esa energía, sin cadencia, tiende al desborde. Está condenado a guardarse o a perderse.

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El mal del infinito

Un corazón que bebe de mil fuentes siempre vuelve sediento

Hay hombres que, sin saberlo y quizá sin habérselo propuesto, viven en un mapa dibujado con fronteras firmes. En ese territorio acotado que alberga un hogar, un rostro y un vínculo que no cambia, encuentran el equilibrio moral que los mantiene enteros. El esposo que ha aceptado esa determinación del matrimonio no busca otros puertos, porque intuye que romper la línea de su deber sería soltar amarras hacia un mar incierto. Contiene sus deseos como se guarda una lámpara encendida del viento. Y así, esa disciplina se convierte en una extraña bendición. Le obliga a encontrar la felicidad en lo que tiene, y, por esa misma razón, le entrega los medios para hallarla. Si su pasión debe girar siempre en torno a un único sol, ese sol no debe apagarse, porque la órbita es mutua. Sus goces, definidos, también están asegurados, y esa certeza refuerza la coherencia de su espíritu como una piedra pulida por los años.

Pero hay otros que viven en llanuras abiertas. El que nunca ha entrado en el matrimonio o ha salido de él por cualquier motivo, cree encontrarse suelto -soltero-, libre para dirigirse a cualquier horizonte, tender la mano a lo que le plazca; y, por eso mismo, nada lo sacia. Es el mal del infinito, un viento seco que se cuela por todas las rendijas de la conciencia. A veces toma forma sexual, pero podría disfrazarse de cualquier hambre. Cuando nada nos detiene, nada nos gobierna. Después de todos los placeres posibles, se sueñan otros; y cuando se ha tocado casi todo lo que la vida ofrece, se ansía lo imposible, se tiene hambre de lo que nunca existió. Es como el que tiene sed y bebe agua del mar.

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El amor convertido en soledad

El relato del amor ha sido secuestrado por la literatura

Había una vez, porque toda historia verdadera comienza con una advertencia disfrazada de fábula, una civilización que enseñó a su gente a dejar de amar. No lo hizo con imposiciones ni leyes, sino con algo mucho más sutil, con palabras, con historias y novelas que olían a promesas nuevas, con canciones susurradas desde la radio del coche al atardecer, con películas donde el beso era el fin y no el comienzo, y con pantallas que devolvían, una y otra vez, la imagen de la fuga disfrazada de libertad. Promesas, muchas bellas promesas de felicidad que se tornaron en desasosiego, tristeza, melancolía y soledad.

En ese mundo, las parejas se deshacían como castillos de arena en la orilla, y nadie sabía muy bien cuándo empezó la marea. Pero si uno escarba entre las páginas de la literatura puede que encuentre el origen. El comienzo pudo ser muy bien el de un joven llamado Werther que se enamoró demasiado y no supo qué hacer con tanto fuego en el pecho. En vez de olvidar, se quitó la vida. Y el mundo de los lectores, en vez de temer, aplaudió su tragedia. Se vendieron copias, se vistieron jóvenes como él, y otros, en secreto, imitaron su final. Así nació el amor romántico como drama último, como sacrificio y teatro de la desesperación.

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Enamoramiento

No es posible que ese éxtasis sea duradero

Estar enamorado es como caminar por un campo de trigo en llamas al atardecer, con los pies descalzos y el corazón desnudo. Todo en ti arde y canta. Te parece que el mundo acaba de ser creado para ti y para la otra persona, y que cada hoja, cada brizna de hierba, cada nube con su ribete de oro, ha sido pintada por el dedo de Dios en un impulso de alegría. En ese estado glorioso, porque lo es, los hombres se vuelven valientes, generosos, casi transparentes. Ven el rostro de la amada y, en él, el reflejo del mundo entero, más limpio, más puro, más bello. La carne se serena, el instinto se arrodilla, y el alma, mariposa tímida, se atreve a volar un poco más alto.

Es, en verdad, una conquista. Pero no la última ni la mejor.

Porque el error está en quedarse allí, en construir una catedral sobre el rayo. ¿Cómo fundar una casa sobre una chispa? La emoción, por naturaleza, tiembla, relumbra y desaparece. Los sentimientos son fuegos fatuos. Aparecen al anochecer, danzan sobre el humedal del espíritu, y se disuelven con el rocío del día siguiente, aunque no por eso dejan de ser hermosos. Pero no basta con que algo sea hermoso para que sea duradero. Todo lo contrario en este caso.

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De los saberes humanos y su fundamento filosófico

Que no hay uno solo, sino muchos saberes, lo percibe fácilmente quien se detiene a contemplar con juicio recto el estado presente del entendimiento humano. Bien se engañan los que, inflados de presunción, dan al saber científico el lustre de una revelación moderna, y le tributan reverencias propias de la religión más acendrada. ¡Cuán temerario … Leer más

Lo que no se acaba

Por eso Ulises debió volver y enterrar a Elpénor. No por obediencia a los dioses. Sino por respeto al abismo. Había algo en la muerte que no podía tocarse, no podía encerrarse en un frasco de laboratorio ni encerrarse en un ataúd bien barnizado. Algo que no obedecía ni a los microscopios ni a las … Leer más

Del origen y naturaleza del método demostrativo

Es digno de notarse en los anales del saber humano que el primer destello de lo que hoy llamamos demostración científica se remonta, según la común opinión de los doctos, al siglo quinto antes de la venida de Nuestro Señor. En aquel tiempo floreció Tales de Mileto, varón insigne entre los griegos, a quien se … Leer más

Análisis de los principios

Resulta, pues, verificado por razón y experiencia que interrogarse sobre si algo es real, y en caso afirmativo, examinar en qué consiste su realidad, no es ejercicio superfluo ni ociosidad de ingenio, sino necesidad primaria de todo saber que aspire a firmeza. Porque todos los saberes, sean de índole especulativa, como la geometría o la … Leer más

El ente es el dato originario

No es la Idea ni el conocer lo primero, sino el ente. Todo lo pensado, sentido o imaginado se presenta como algo: una entidad, aunque solo sea en imagen. El ser, pues, es presupuesto de todo acto mental. Se conoce una cosa cuando está presente, al menos virtualmente, a los sentidos. Lo primero que se conoce son entes sensibles, concretos, determinados. La inteligencia no empieza replegándose en sí, sino abriéndose al mundo.

Realidad del ente y universalidad del ser

Dijimos, y ahora lo reiteramos con mayor precisión, que algo existe, o, si se quiere hablar con los términos más propios de la filosofía primera: est ens, hay el ser. No afirmamos esto como resultado de una larga cadena de silogismos, sino como aquella verdad de la cual parten por igual el pensamiento metafísico y … Leer más

Sobre la cosa y el ente

Entre las certidumbres humanas, pocas hay tan arraigadas como la persuasión de que hay cosas. No es esta creencia fruto de un razonamiento o una conclusión demostrativa, sino un asentimiento inmediato, tan constante y eficaz, que no puede no tenerse sin que con ella vacile el mismo fundamento de la vida. El hombre vive entre … Leer más

De la primacía del ente en la especulación filosófica

Así como en la ciencia médica se parte del cuerpo vivo y sentido, y no de meras quimeras ideales, del mismo modo en filosofía ha de comenzarse por aquello que de suyo se presenta a la mente como ineludible: el ser. No hablo aquí del ser supuesto en fórmulas, ni del ser lógico, ni tampoco … Leer más

Del origen de la duda ontológica, y de cómo nace de ella la filosofía

No hay en el común de los hombres perplejidad sobre el ser de las cosas, ni agitación del ánimo al oír decir que hay números reales, partículas elementales, almas espirituales o naciones soberanas. Cada cual discurre por su arte y profesión, y si sabe mucho o poco, lo tiene por suficiente. Mas cuando un espíritu … Leer más