Sentido antropológico de la izquierda

Utilizados en sentido antropológico, los nombres de izquierda y derecha se refieren a posturas filosóficas y políticas. Las historias de la filosofía ya denominan izquierda aristotélica a la corriente materialista que, procedente de Aristóteles y pasando por Estratón, llega a Avicena, y derecha a la espiritualista que llega a Santo Tomás desde Aristóteles y Alejandro de Afrodisia.
Las denominaciones de sentido político, por su lado, mantienen muchas relaciones con la anatomía humana. Así, los socialistas alzan el puño derecho y los comunistas el izquierdo. Pero estas relaciones tienen escaso interés. Tampoco lo tienen las que hay entre la anatomía y las posturas filosóficas, pues lo que se busca es el sentido político. Ello sin olvidar que hay cruces dignos de atención entre, por ejemplo, la línea teológica y la política: se dice que Mani y Zaratustra eran zurdos y es sabido que los arrianos se sentaron a la izquierda de Osio de Córdoba, el presidente, en el Concilio de Nicea, lo mismo que sucedió en la Asamblea Revolucionaria Francesa el día cuatro de septiembre de mil novecientos ochenta y nueve, cuando los jacobinos se situaron a la izquierda del presidente y los fuldenses a la derecha para tratar del veto regio. Parece que en España sucedió algo semejante en 1871 y en 1931.

Dos sentidos de la izquierda

Para que quienes no conozcan El mito de la izquierda, de Gustavo Bueno, y por si al exponer aquí algunas fichas extraídas de él se animaran a leerlo con detenimiento, en la seguridad de que les aprovechará grandemente el tiempo que dediquen a ello, expondré en las siguientes fechas unos cuantos trazos del mismo. Es seguro que cometeré errores de interpretación, que solamente a mi persona serán atribuibles. Quienes sí conozcan el libro podrán corregirlos y yo lo aceptaré con gusto. También es bastante seguro que aparecerán algunas ideas que no proceden de él. Algún derecho me asiste a hacerlo. No diré yo como aquel biógrafo de Góngora, que, luego de haber inventado algún que otro hecho acaecido a este literato, arguyó que después de más de treinta años dedicados a la tarea de reconstruir su vida se creía con el derecho a poner algo de su propia cosecha, pero sí que, si sigo el hilo de las razones de Don Gustavo, se me perdonará que ensarte alguna mía, sobre todo si sirve para aclararlas o hacer derivaciones de ellas.
Esta primera ficha se destina a exponer los varios sentidos del concepto de izquierda y la relación existente entre ellos, si es que hay alguna. Y hay que empezar haciendo notar que el concepto se distribuye en tres subconceptos, uno de sentido espacial, otro teológico y otro antropológico.

D. Pedro Gómez de la Serna

Según informó la periodista Anabel Díaz en el periódico El país del sábado 6 de octubre de 2012, se produjo un duro debate sobre el derecho a la independencia de Cataluña en el Congreso de los diputados. El debate, no obstante, fue sobrio y correcto en las formas. El portavoz de la Comisión Constitucional del Congreso, Pedro Gómez de la Serna, diputado por Segovia, sucesor de un ilustre jurista del mismo nombre, respondió en nombre del Partido Popular al portavoz de ERC, Alfred Bosch, que pedía al Parlamento español la restitución a Cataluña de la soberanía que se le había arrebatado por el Decreto de Nueva Planta promulgado por Felipe V en 1715. El Sr. Bosch afirmó que la supuesta nación catalana había tenido hasta entonces “plena subjetividad jurídica internacional y ejercía plenamente su soberanía”, una tesis que fue rechazada por todos los grupos, salvo, como es natural, CiU y PNV, grupos a los que no debe importar mucho faltar a la verdad.

Sobre la cautela

La victoria suele ser mala consejera. Por eso no es de extrañar que aprenda mucho más el vencido que el vencedor. No se debe en ningún caso vencer al que es superior, porque los superiores son los que más odian la superioridad y, no pudiendo aceptar nunca que han sido derrotados, guardarán dentro de sí la humillación siempre presta a convertirse en venganza.
Luego se debe afinar al máximo la cautela, hasta convertirla en al arte que moldure nuestra personalidad. La cautela es a la superioridad de uno mismo lo que el desaliño a la belleza de la mujer hermosa. Si ésta no quiere ganarse la animadversión de las que no lo son, tiene que cubrir su cualidad con el desarreglo. Si el inteligente no quiere tener en contra suya a los enemigos que su inteligencia le procure, tiene que ser cauteloso. Dice Gracián que hay que imitar a los astros, los cuales, pese a ser hijos del Sol por la luz que de él reciben, nunca compiten con él. Y la inteligencia es el sol de las cualidades que todo individuo cree poseer, pues en su fuero interno nadie aceptará nunca que es imbécil.

Jerez de la Frontera

Jerez, la antaño industriosa Jerez, que en tiempos concentró casi un tercio de toda la exportación comercial española, es ahora una ciudad fallida, según se ha escrito en un periódico nacional. La que ha exportado su nombre con su vino. Vino que es otra cosa que vino. ¿Cómo se entiende si no que Shakespeare le atribuya las propiedades que le atribuye?:

¿Progresismo malthusiano?

La Revolución Francesa parecía una promesa de realización de los ideales utópicos que muchos hombres de letras –philosophes- habían alimentado durante el siglo XVIII: desaparición de los privilegios de la nobleza, igualdad de todos los hombres, difusión de las luces y retroceso de las tinieblas, liberación de los oprimidos, paz perpetua, pan, prosperidad, seguridad, etc. El fervor revolucionario llevó a algunos a creer que a la familia y a la propiedad les había llegado también su hora.
El resultado buscado no coincidió exactamente con el logrado, pues la nueva etapa se abrió con guerras mucho más sangrientas que las anteriores, el poder político culminó la concentración y la potencia que había comenzado a adquirir con Luis XIV, apareció la nación política, la época del terror, etc. Fueron luces y sombras, aunque al principio predominaron las segundas. Los partidarios de la Revolución, muy numerosos hasta que cayeron las primeras gotas de sangre, se escindieron en partidarios y adversarios.

John Stuart Mill

John Stuart Mill fue un niño prodigio. Fue educado por su padre, que estaba convencido de que la mente es como una tabla rasa en la que no hay nada escrito(tanquam tabula rasa in qua nihil scriptum est) Esta falsa convicción fue aparentemente corroborada sin embargo por su puesta en práctica en la educación de Mill. Sin ir a ningún colegio ni universidad, aprendió griego a los tres años, aritmética poco tiempo después, latín a los ocho, lógica a los doce, economía a los trece. A todo ello se iban juntando largas lecturas de historia. A los trece años había culminado su instrucción según los planes de su progenitor.
Las disparatadas concepciones pedagógicas del padre no surtieron el efecto deseado, al menos en teoría económica. Había enseñado a su retoño las teorías clásicas, que no establecían una neta distinción entre los sistemas productivos y las instituciones de distribución basadas en la propiedad privada. Contra esa idea se acabaría rebelando Stuart Mill. Así fue cuando se convenció de que los sistemas de producción obedecen a leyes estrictas, como las de la física o la química, sin depender por tanto de los hombres, y de que la distribución de los productos es efecto exclusivo de las instituciones humanas. Lo primero venía a ser natural e inmutable, lo segundo cultural y sujeto a la voluntad política. Era posible entonces dejar que la producción siguiera su ritmo propio y diseñar planes de "justicia social" para la distribución.

Reducción del gasto médico

Se dice que ha disminuido considerablemente el consumo de medicamentos desde que se ha instaurado la obligación de pagar una parte mínima de los mismos para cada individuo que los demande. Como es de creer que, salvo algunas excepciones, nadie haya dejado de medicarse según su necesidad, hay que pensar que antes había un exceso innecesario de gasto porque se trataba de productos gratuitos o casi gratuitos.
Que una persona pague una parte importante de su medicación le hace ser más responsable de su propia salud y se exime de paso a otros de la obligación de pagar impuestos por él. El beneficio, pues, es doble, pues se gana en libertad y se disminuye la exacción del patrimonio de los ciudadanos. Si se hiciera lo mismo con la educación y las pensiones, entonces se estaría encaminando a los individuos por el camino de la libertad, que no es otra cosa que enseñorearse de sí mismos, de su salud, su preparación para el trabajo, su presente y su futuro. Y también el de sus hijos, claro está. De paso se valoraría mucho más lo que ahora se menosprecia: el trabajo intelectual, la dedicación de los médicos, la atención a los ancianos, etc. Como todo eso es ahora como el aire, que cada cual toma lo que necesita, no se entiende que tenga un dueño al que hay que resarcir con justicia.

Cierre de bibliotecas

No es fácil exagerar lo que significa la pérdida de un libro. No se trata de su pérdida física. Un libro se ha perdido cuando reposa en un estante durante largo tiempo sin ser leído. El profesor que abre por primera vez las hojas de uno que fue comprado en su departamento cincuenta años atrás puede aceptar que ha estado perdido durante esos años. La pérdida no se produce en el inventario del instituto, sino en el entendimiento de quien podría haberlo leído y no lo ha hecho. Esa pérdida es irreparable.
En nuestra civilización el libro es una pieza fundamental. No el actual de papel. El papiro, el pergamino, la piel, el papel o el soporte informático son lo de menos. Su importancia reside en ser tecnología del intelecto. Hoy tenemos matemáticas, filosofía, teología, etc., porque tenemos letras impresas en negro sobre blanco desde hace más de dos mil años. Incluso tenemos historia por eso mismo, pues la historia no se refiere a las cosas que pasan, lo cual sucede en todas partes, sino a la reconstrucción de algunas de ellas que se juzgan más significativas. Eso no podría darse si no hubiera libros. Por eso hay pueblos sin historia, como los arunta, los yanomami, los vascos, etc., -los vascos tienen historia en cuanto españoles; en cuanto vascos, sea lo que sea lo que esto quiere decir, tienen solo mitos falsos- porque no poseen textos escritos que, mediante la confrontación entre ellos, atestigüen la existencia de un pasado cierto a los hombres del presente. En su lugar no tienen otra opción que poner algunos mitos e invenciones de hombres posteriores, que las proyectan hacia atrás.

Impuestos y tiranía

Piensan muchos que el gobernante no debería tener obstáculo alguno ante sí a la hora de poner impuestos y gabelas al pueblo. De ellos, unos lo han defendido con mucha fuerza cuando ha gobernado su sección, como sucedió en la época de Rusia soviética y sucede ahora todavía en algunos otros lugares, como Cuba. Otros, que hacen gala de defensa de la democracia, aducen que es requisito necesario el convocar Cortes. Y todos ponen por delante ideales como el de la justicia social, sin que ninguno sepa decir en qué consiste, y la función social de la propiedad, recogido este último en la Constitución del 78, que tampoco saben lo que es, si es que hay algo que saber aquí.
A lo de convocar el Parlamento para obtener de él su aprobación, pretendiendo así haberla obtenido del pueblo que ha de pechar con los gravámenes, habría que responder aquello que dejó escrito Juan de Mariana en su Sobre la moneda de vellón, cap. II, es a saber:

La movilidad estudiantil

La palabra “Universidad” resuena ahora a dobles titulaciones, estudio de idiomas nuevos como el alemán y el chino, a los masters, Erasmus, etc. Todo lo cual tiene que ver con la economía, no entendida como el mundo de las altas finanzas, los negocios, la especulación, etc., ni siquiera como administración de la hacienda, según la entendía Aristóteles, sino como la necesidad de organizar la propia vida con vistas a un futuro digno, lo que difícilmente se logra sin asegurarse unos ingresos suficientes. La necesidad de labrarse un futuro en que uno dependa ante todo de sí mismo es una necesidad económica ante todo. Y su satisfacción es una de las cosas más meritorias que pueden alcanzarse.
Lo que no es posible si no se cuenta con las circunstancias del medio y el momento. En el medio abundan las posibilidades. Un joven puede hallarse con la de ser novio de una chica de la que se ha enamorado. También se hallará con la de ir a la Universidad. Podrá parecerle que es más determinante la primera, pero tal vez se esté engañando, porque de la chica se podrá separar si lo ve conveniente, pero de la profesión que elija es casi seguro que no podrá separarse nunca. Eso es algo que no puede arreglar ningún Zapatero con una ley de divorcio exprés.

La propiedad del súbdito

Dice Juan de Mariana en su Tratado de la moneda de vellón (en Obras del padre Juan de Mariana, tomo II, M. Rivadeneira, Madrid, 1854, páginas 577-591) que la ralea de hombres más perjudicial que hay en el mundo y la que más abunda en la cercanía del poderoso es la que trata de extender el poder de éste. Pero que el poderoso se engaña si se deja convencer por tales sujetos, porque, consistiendo su grandeza solo en “la salud pública y particular de los pueblos”, debido a que el mando es como la virtud, que tiene un exceso y un defecto y deja de ser buena tanto en un extremo como en el otro. Y así como es saludable llevarse alimentos a la boca cuando es menester, pero es sumamente insalubre comer en demasía, así también es bueno ejercer el mando con prudencia y es malo acumular más del que conviene, pues entonces el rey se hace tirano y su gobierno no solo se hace malo y odioso, sino sobre todo débil y poco duradero, pues concita contra sí la enemistad de sus vasallos, contra la que no hay fuerza que valga si se alza contra él.
No debe, pues, el rey, por mucho que se lo barboteen al oído sus aduladores, pensar que es suya la propiedad de los súbditos. Tome de ella lo necesario para la salvaguarda y protección de éstos así en la guerra como en la paz, tanto en asuntos de milicia como de comercio o administración de las haciendas privadas. Pero no tome más de lo necesario para estos fines sin el consentimiento del pueblo si no quiere horadar la base en que se sustenta el reinado. A la verdad, tampoco debe tomar lo necesario para los fines antedichos si el pueblo no lo consiente.

El impuesto de la inflación

Es creencia común que la inflación, o encarecimiento de los bienes y servicios, se debe al flujo normal de la economía, pero no es así. La inflación es en realidad un impuesto que antiguamente recibía el nombre de señoreaje, porque consistía en la ganancia que el príncipe obtenía de la manipulación de la moneda. Seguiré a Bernanke y Abel –Macroeconomics- para ilustrarlo.
Supóngase que un presidente de gobierno desea gastar 5.000 millones de euros en la financiación de un cierto proyecto -ponga aquí cada lector el que mejor le cuadre. Como las arcas del Estado están vacías y él no puede gravar con más tributos a la población, porque teme una reacción que le restaría votos en las próximas elecciones, recurre a la vieja solución de imprimir billetes.

El sueldo del legionario

En sus Discursos políticos (1), “Discurso tercero. Sobre el dinero”, Hume se apoya en el libro IV de los Annales de Tácito para traer a colación que un soldado de Roma cobraba un dinero al día, lo que equivale a algo menos de ocho sueldos de su tiempo en Inglaterra. Un emperador mantenía normalmente unas veinte y cinco legiones, que a cinco mil hombre por legión suman un total de ciento veinticinco mil. Había también legiones auxiliares, pero, siendo variables su número y la paga de de sus legionarios, no es preciso tenerlas en cuenta aquí. Si se cuentan solo los soldados rasos, la paga de las veinticinco legiones no iban más allá de 1.600.000 libras esterlinas de la época de Hume, lo que es bien poco en verdad, pues, como él dice, el Parlamento Inglés había concedido para la última guerra 2.500.000 libras. Hay 900.000 de diferencia, que podrían haber bastado para pagar a los oficiales y atender otros gastos de las legiones de Roma. Y habría sobrado a buen seguro, pues en estas legiones había muy pocos oficiales en comparación con los que hay en los ejércitos modernos. Además la paga de aquéllos era muy exigua. Un centurión, por ejemplo, solo cobraba el doble que un solado, según dice Tácito en el libro I de sus Annales. A esas soldadas hay que descontar además el coste de la tienda, las armas y la ropa, que el emperador se cobraba del sueldo del legionario. Luego resultó muy barato mantener un ejército tan poderoso como el de Roma y extender los dominios del Imperio a todo el mundo conocido. Roma no dispuso de grandes cantidades de dinero ni siquiera después de la conquista de Egipto.

Newton y la bolsa

Newton se sabía capaz, según él mismo dijo, de calcular los movimientos de los astros en el cielo, pero no la locura de la gente en la tierra. Confiado en que las trayectorias de la insania tienen alguna regularidad, el año 1720 vendió sus acciones en la Compañía de los Mares del Sur y ganó 7.000 libras, el 100% de lo que había invertido, pero, yendo en pos de su buena estrella, volvió a tentar su suerte en un momento posterior de máxima efervescencia de la bolsa, lo que le llevó a perder unas 20.000, que equivalen a más de tres millones de dólares actuales. Después de aquel descalabro prohibió que se nombrara en su presencia la Compañía de los Mares del Sur.
El coeficiente intelectual de Sir Isaac Newton ha debido ser uno de los más elevados de la especie. Sin embargo, al dejarse contagiar del entusiasmo bursátil de la gente se portó como un estúpido. Entre la sabiduría y la necedad hay un corto paso que muy pocos son capaces de no dar.