I. Presentación de la teoría: mito y razón en la Grecia Antigua [1]
Un símbolo es un cierto tipo de signo que se esfuerza por hacer que lo inefable encarne en seres concretos. De ahí que los mitos, rituales, poesía, iconografías, el arte en general…. sean agrupaciones de símbolos, pues procuran mostrar lo que no puede ser mostrado. Todos ellos conjuntamente conforman un orden de conocimiento que, pese a haber sido incesantemente fustigado por la objetividad científica y filosófica, ha logrado sobrevivir transmutándose en una paradoja: la de ser fuente inagotable de inspiración filosófica y científica.
El ataque de la iconoclastia contra el simbolismo ha sido especialmente demoledor en dos frentes. El primero es sociológico. Tiene que ver con la ruptura del mundo humano que por todas partes han ocasionado las grandes religiones. Ellas definen y separan —y así crean— al pagano, al sacrílego, al hereje… De este modo producen una escisión capaz de multiplicarse interminablemente. Las grandes religiones suelen ser efecto de alguna revolucionaria libertad de inspiración, pero, una vez trocadas en instituciones sociales sólidas, tienden a negarla, si bien, por las mismas causas que, según se dice, algunos libros se han salvado del paso del tiempo —el haber sido condenados a la hoguera—, los desviacionismos y herejías brotan siempre y permanecen en el seno de las religiones, no a pesar de las persecuciones, sino gracias a ellas. El segundo frente es el del concepto, la claridad y la cordura, de donde siempre han surgido clamores escandalizados contra la insurgencia de la inspiración simbólica. El adalid más destacado en este frente tal vez sea Descartes, quien guiado por su afán de distinguir nítidamente lo mental de lo mecánico, se opuso a que la conciencia pudiera ser afectada por la imagen, que es una acción del cerebro del hombre, un ser confuso de utilidad más confusa todavía: alertar las ideas innatas.
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