Persona y naturaleza humana

Algún sistema de filosofía política, como también la gente del común, sobre todo la que dice ser demócrata, creen que el Estado existe para que se desarrolle en toda su plenitud la naturaleza humana. Si esto es verdad, no puede tener una estructura cualquiera, sino sólo la que facilite esa plenitud del mejor modo posible. Aunque hay disputa sobre cuál es el mejor desarrollo de una persona, no parece que pueda haberla en que un Estado nivelador no es un buen medio para ese fin, porque lo propio de cada individuo humano es ser algo único e irrepetible. No es éste sin embargo el tema que hoy quiero tratar, sino del derecho a la vida y si el titular del mismo es la naturaleza humana individual o la persona.

Parece indiscutible que si se niega o restringe de algún modo la vida no es posible que haya ninguna manera de perfeccionarla, porque, muerto o incapacitado el sujeto, nada o muy poco puede hacerse ya. En consecuencia, el primer cuidado de la ley tiene que ser el de garantizar en primer lugar que ésta llegue a existir y, en segundo, que no sea interrumpida o dañada por decisión injusta del Estado o de un particular a quien el Estado autorice u ordene.

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El derecho a la vida

Quien dice que tiene derecho a la vida no está diciendo que hay algo en su persona con ese nombre, como si fuera parecido a tener estómago o bazo. Tener ese derecho significa que el Estado tiene el deber de protegerla. Con ese sentido lo reconoce el comienzo del artículo 15 de la Constitución de 1978, que dice que “todos tienen derecho a la vida”.

Nunca antes una constitución española, de las seis que ha habido desde 1812, había promulgado el derecho a la vida. La razón es clara: es que no era necesario, como no es necesario promulgar el derecho a la amistad o al deporte. No es indiferencia o menosprecio por la vida, como no lo es por la amistad o el deporte.

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Eutanasia. Aclaración léxica

De lo que muchos llaman derecho a la vida querría yo hoy hablarles aquí, porque estimo que hay mucha confusión y enredo en esa manera de hablar, por si pudiera yo contribuir a aclarar las cosas y poder así razonar con más propiedad y acierto.

Comienzo recordando cómo en su De anima dice Aristóteles que hay cuerpos con vida, o alma, y cuerpos sin vida, pero que lo que no hay y nadie hallará es vida sin cuerpo en el que estar, porque entonces ¿qué sería lo que viviría? Mejor es entender los vocablos “vida” y “alma” como unívocos. No en vano seguimos usando en la lengua castellana el término latino anima con el fin de distinguir los seres en animados e inanimados, dando así por descontado que en un ser vivo no es una cosa el cuerpo y otra la vida.

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Eutanasia. Dos películas

Para decir de alguien que es muy orgulloso, un viejo aforismo castellano se refiere a don Rodrigo: “Tiene más orgullo que don Rodrigo en la horca”.

Sin embargo, don Rodrigo Calderón, Marqués de Siete Iglesias, murió por degollamiento el 21 de octubre de 1621, y no dio muestras de orgullo en ese trance, sino de entereza y valor. Había sido secretario del Duque de Lerma, el que “para no morir ahorcado se vistió de colorado” en tiempos de Felipe III y, no pudiendo acogerse a la inmunidad que daba a su señor el capelo cardenalicio, comprado en Roma para librarse de la justicia debida a sus fechorías, fue ejecutado en la Plaza Mayor de Madrid al comienzo del reinado de Felipe IV. Con tanta serenidad afrontó su final que el pueblo quedó vivamente admirado, el V Duque de Alba dijo de él que había muerto con el orgullo de un romano y la piedad de un buen cristiano, y mucho tiempo más tarde seguía despertando admiración, como atestigua Azorín, que lo puso como modelo de políticos, los cuales, según dejó escrito, deberían tener “este espíritu y fervor que tuvo don Rodrigo, este sosiego, esta inalterabilidad maravillosa y profunda”.

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Platón y Aristóteles sobre la democracia

Sucede a veces que no se sabe disociar la gran filosofía antigua de las ideas políticas del presente. Como la democracia se ha vuelto sublime y como Sócrates, Platón, Aristóteles y otros son grandes filósofos se oculta o no se quiere ver la verdad: que fueron contrarios a este sistema político. De Sócrates, condenado injustamente por la democracia a tomar la cicuta, no se conocen a ciencia cierta sus razones, pero sí las de Platón y Aristóteles.

El primero atacó el sistema en muchas ocasiones, de las cuales puede recordarse la comparación del Estado con una nave capitaneada por marinos ignaros que, en lugar de procurar aprender el oficio que practican, engrosan su hacienda a costa del pueblo, el honrado patrón, más fuerte que ellos ciertamente, pero corto de vista y oído, y pasan sus días en jolgorio y diversión. He aquí la comparación (República, 488a – 489a):

-Figúrate que en una nave o en varias ocurre algo así como lo que voy a decirte : hay un patrón más corpulento y fuerte que todos los demás de la nave, pero un poco sordo, otro tanto corto de vista y con conocimientos náuticos parejos de su vista y de su oído; los marineros están en reyerta unos con otros por llevar el timón, creyendo cada uno de ellos que debe regirlo sin haber aprendido jamás el arte del timonel ni poder señalar quién fue su maestro ni el tiempo en que lo estudió, antes bien, aseguran que no es cosa de estudio y, lo que es más, se muestran dispuestos a hacer pedazos al que diga que lo es. Estos tales rodean al patrón instándole y empeñándose por todos los medios en que les entregue el timón; y sucede que, si no le persuaden, sino más bien hace caso de otros, dan muerte a éstos o les echan por la borda, dejan impedido al honrado patrón con mandrágora, con vino o por cualquier otro medio y se ponen a mandar en la nave apoderándose de lo que en ella hay. Y así, bebiendo y banqueteando, navegan como es natural que lo hagan tales gentes y, sobre ello, llaman hombre de mar y buen piloto y entendido en la náutica a todo aquel que se da arte a ayudarles en tomar el mando por medio de la persuasión o fuerza hecha al patrón y censuran como inútil al que no lo hace; y no entienden tampoco que el buen piloto tiene necesidad de preocuparse del tiempo, de las estaciones, del cielo, de los astros, de los vientos y de todo aquello que atañe al arte si ha de ser en realidad jefe de la nave. Y en cuanto al modo de regirla, quieran los otros o no, no piensan que sea posible aprenderlo ni como ciencia ni como práctica, ni por lo tanto el arte del pilotaje. Al suceder semejantes cosas en la nave, ¿no piensas que el verdadero piloto será llamado un miracielos, un charlatán, un inútil por los que navegan en naves dispuestas de ese modo?

-Bien seguro- dijo Adimanto.

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Sobre la tolerancia

El problema

Suele pensarse que la tolerancia es la virtud democrática por excelencia. Se conecta con la libertad de opinión y se entiende como respeto a la opinión, independientemente de quién sea el opinante. Pero esto es indefendible si se expresa como algo general, como teoría, porque equivale a admitir que todos los individuos se hallan en pleno uso de la razón y, por ende, que todos tienen derecho a expresar su opinión y a que sea tenida en cuenta. Existen muchas personas a las que no se puede conceder al mismo crédito que a otras: el paciente no puede pretender que su diagnóstico sobre la enfermedad que padece sea aceptado en pie de igualdad con el del médico. También es indefendible en la práctica, porque en cualquier diálogo, que por necesidad habrá de contar con un número restringido de personas, tiene que haber turnos, incluso cuando se trata la más sencilla conversación, y no puede haber espacio ilimitado en la prensa, en una editorial, etc., para todo lo que quiera decir cualquiera. Hay siempre factores externos que limitan las posibilidades de manifestar opiniones, factores como la falta de tiempo, la ausencia de público, de lectores, la carencia de espacio en un periódico, en un libro, etc. La libertad de opinión no puede, pues, ser ilimitada en la realidad. Pero es que además hay circunstancias en que el respeto a una persona, que no a sus opiniones, es lo que puede hacer que alguien sienta la obligación de pedirle que se calle, de no permitir que siga exponiendo razones estúpidas o delirantes, como tampoco debería tolerarse seguramente que alguien manifieste sus opiniones, aunque sean verdaderas, sobre mi cojera, mi joroba o cualquier otro defecto físico o intelectual. Por esto no parece que sea absolutamente aceptable tampoco cuando se la liga a la verdad.

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Acerca de la autoridad

El que hoy se esfuerce por hablar objetivamente sobre la autoridad está nadando contra la corriente. Pocos conceptos hay tan denostados como éste. Se la hace equivaler a imposición, coerción, despotismo, etc., lo cual no debe extrañar a nadie, pues nuestro presente es deudor en gran medida de las ideas de filósofos como Rousseau, Marx, Lenin, Nietzsche, Freud, etc.

Atendamos a Marx y a Lenin, cuyas doctrinas se pusieron en práctica en Rusia, dando lugar a la restauración por vía despótica del imperio de los zares. En la Enciclopedia filosófica, editada en Moscú el año 1964, la autoridad se entiende lisa y llanamente como poder y el poder como la aplicación de diversas formas de fuerza, llegando a la intervención militar para conseguir o mantener un dominio económico o político, o para conquistar cualquier otro derecho o privilegio[1]

El poder se entiende únicamente como fuerza física directa aplicada al dominio de unos hombres sobre otros. ¿Quién habrá de negar la necesidad moral de su extinción? Los seguidores de Marx y Lenin no, desde luego. Ellos no deben dejar pasar una sola oportunidad de destruirlo. Puesto que, según creen, la historia de la humanidad enseña que el uso del poder está ligado al dominio de unas clases sociales sobre otras, aquel se esfumará por sí solo cuando desaparezca la fractura o división de la sociedad en clases y todos los hombres pasen a formar parte de una sola totalidad social. Dicha fractura se debe al “poder y el robo, la astucia y el engaño”, añade la mencionada Enciclopedia filosófica, a un manto oscuro de patrañas que oculta la igualdad esencial entre los hombres.

Esta concepción superficial del poder se sustenta sobre una visión utópica y beatífica de la igualdad humana, sobre una visión que a fin de cuentas hunde sus raíces en el cristianismo. No es extraño que, habiéndolo comprendido como una fuerza del mal, los revolucionarios hayan hecho un uso consecuente del mismo cada vez que lo han tenido en sus manos. Engels fue quien dejó sentada la doctrina. El proletariado, dijo, no busca el poder ni se apoya en él para lograr sus fines. Si se ve obligado a hacerlo es porque no tiene otra opción que enfrentarse a las fuerzas opresoras que bloquean la revolución. Son esas clases las que cogen las armas porque ven aproximarse su final y no se resignan a desaparecer. ¿Qué otra cosa puede hacer el proletariado que utilizar la dictadura contra ellas?

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Tiranicidio

Llegamos al famoso libro de Rege et Regis Institutione, quemado en París por la mano del verdugo de orden del parlamento; preciso es confesar que esta corporación no se alarmó sin motivo; un país donde habían sido asesinados en pocos años dos reyes, debía naturalmente temblar a la lectura de algunos capítulos de dicha obra. Estremecimiento causan las páginas, donde resuelve la cuestión, de si es lícito matar al tirano; en la manera con que habla de Jacobo Clement, bien se echa de ver que no miraba en el asesino, aquel monstruo de que nos habla Carlos de Valois, cuando refiriéndonos que le habia encontrado al dirigirse al palacio del rey para ejecutar su formidable proyecto, dice que la naturaleza le habia hecho de tan mala catadura, que su rostro parecía mas bien de un demonio que de hombre. A los ojos de Mariana se presentaba como un héroe, que da la muerte y la recibe para libertar su patria. ¿Qué pensaremos de Mariana? La respuesta no es difícil; hay épocas de vértigo que trastornan las caberas; y aquella lo era. Por cierto que el autor no está solo en el negocio. Cuando se supo en París la nueva de la muerte del rey, madama de Montpensier, en coche con su madre madama de Nemours, andaba de calle en calle, gritando: «buena noticia, amigos mios, buena noticia; el tirano es muerto; ya no hay en Francia Enrique de Valois.» Nadie ignora lo que enseguida se practicó en París; el término fue digno del principio. Las simpatías de España estaban en contra de Enrique III; por consiguiente, nada extraño es que el espíritu del escritor se resintiese de la atmósfera que le rodeaba. No quiero decir por esto que sus doctrinas sean el fruto de un momento de arrebato; al contrario, basta leerla obra para advertir que sus máximas están ligadas con su teoría sobre el poder, y que las defiende con profunda convicción. Verdad es que al abordar de frente la terrible dificultad se exalta su ánimo, como si quisiera tomar aliento para salvarla; pero no es la exaltación lo que le sugiere las doctrinas, antes bien son estas lo que le enardece y exalta. Es lamentable por cierto que Mariana no haya tratado la cuestión con mas tino, y que haya sacado tan formidables consecuencias de sus principios sobre el poder; sin la doctrina del tiranicidio su libro fuera en verdad muy democrático; pero a lo menos no espantaría al lector con el siniestro reflejo de un puñal que hiere. En dicha obra se encuentran lecciones de que puedan aprovecharse los reyes y los demás gobernantes. Feliz el autor si no hubiese dado a su enseñanza una sanción tan terrible.

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Francisco Suárez

Nacido en 1548 y fallecido en 1617, Francisco Suárez, llamado el Doctor Eximio, guarda una gran semejanza con santo Tomás en cuanto que tiene ante sí una inmensa cantidad de fuentes cada vez que pone su pluma sobre el papel. Conoce a fondo a Platón, Aristóteles, a los comentadores de ambos, a los neoplatónicos (Plotino, Plutarco, Proclo), a los escolásticos, sean dominicos, franciscanos o jesuitas, a los nominalistas, los árabes, los renacentistas, los averroístas latinos, etc. A todos cita profusamente y los trata con respeto, de todos acepta ideas después de hacerlas pasar por el tamiz de su propio pensamiento. Su sistema filosófico, bien trabado, es un compendio o resumen de todo cuanto había llegado hasta él.

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Domingo de Soto

Nació el año 1492 en Segovia. Estuvo en el Concilio de Trento, donde brilló con intensidad su saber. Fue confesor de Carlos V, enseñó teología en Salamanca y fue prior del Convento de San Esteban. Murió el año 1560.

Discípulo predilecto de Vitoria, continuó y en gran medida completó la obra del maestro. Fueron bien recibidos y muy alabados sus comentarios sobre la psicología, la dialéctica y la física de Aristóteles, escritos cuando era aún muy joven. Pero su importancia se debe más a sus obras teológicas, éticas y jurídicas. Entre ellas sobresale su De iustitia et iure, un estudio exhaustivo de moral, derecho natural, derecho de gentes y derecho público. En ocasiones, dependiendo del tema tratado, como al hablar de la esclavitud, su voz se exalta, pero, pese a ello, conserva la objetividad propia de la Escolástica. Nunca se dejó vencer de la ira o la compasió, como sucedió, por ejemplo, al Padre las Casas, el cual, procurando también seguir las doctrinas de Vitoria, llegó a desfigurarlas por causa de la pasión que había temblar su pluma. Dio respuesta adecuada a problemas importantes y difíciles con buen discernimiento, tales como los derechos y deberes de los ejércitos, de las naciones entre sí, de la ley natural, la esclavitud y el respeto absoluto que debe atribuirse a la libertad del hombre.

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Francisco de Vitoria

A Francisco de Vitoria, nacido entre los años 1483 y 1483 y fallecido el 1546, se debe el impulso principal por la restauración de la Escolástica. Mientras vivió no publicó una sola obra. Las que hoy conocemos son apuntes que sus alumnos tomaban en clase. Se llaman “relecciones”, un nombre que equivale a “relecturas”. Destacan las denominadas De indis, sobre la conquista de las Indias, De potestate civili, sobre el derecho público, y De potestate Papae et Concilii, sobre la relación entre el Papa y los Concilios. A estas tres principales relecciones se debe el que la fama de Vitoria fuera más allá de nuestras fronteras.

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La nación política

La Idea de Nación política

El curso del nacimiento de una Nación política se parece al curso de la constitución del Cuerpo Místico de Cristo. En palabras del Apóstol San Pablo: «ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3, 28). De un modo semejante, pudo decir Danton cuando se instauró la Nación francesa algo como: “ya no hay normandos, ni corsos, ni burgundios, ni galos, pues somos todos franceses”. También cuando se instauró la Nación española: “ya no hay castellanos, catalanes o navarros, sino solo españoles”. Así se traslucía en la Constitución del 12. En cierto modo lo dejó dicho también el poeta portugués Luís Vaz de Camões o Camoens (1524 – 1580): “portugueses y castellanos, todos españoles”.

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Materialismo histórico

1. El Prefacio de 1859

El materialismo histórico es la teoría en que Marx expone el motor que mueve las sociedades, para lo cual distingue en éstas varios sectores y atribuye a algunos de ellos un papel preponderante sobre los demás. El texto donde se expone la teoría es el Prefacio de 1.859 a la Crítica de la Economía Política. Empieza así:

En la producción social de su existencia, los hombres establecen determinadas relaciones, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un determinado estadio evolutivo de sus fuerzas productivas materiales. La totalidad de esas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la cual se alza un edificio jurídico y político, ya a la cual corresponden determinadas formas de conciencia social [1].

Es útil representarse el contenido de estas líneas según la metáfora arquitectónica a que ellas mismas aluden:

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Marx: el fetichismo de la mercancía

1. Valor de uso

Que haya oscuridad y misterio en las obras de sus manos es algo desconocido habitualmente para los propios hombres, pero es asimismo algo habitual en ellos. En su trato con la naturaleza producen cosas de una utilidad inmediata que saben apreciar sin vacilaciones. Humanizan lo natural y, así transformado, lo convierten en objeto de uso. No hay otra alternativa para ellos si pretenden satisfacer sus necesidades, cualesquiera que sean. Si solamente existiera uno de ellos, consumiría los bienes que produjera él mismo. En éstos no habría nada oculto para él. Robinson Crusoe en su isla lleva a cabo diversos trabajos: caza, pesca, construye herramientas, fabrica muebles, etc. Todos son más o menos útiles, sea para su supervivencia o sea para su distracción. Las actividades son distintas, pero Robinson es uno. Nada hay de extraño en todo ello. Algunos le cuestan más esfuerzo que otros, dependiendo de su destreza o de la resistencia que le opone la naturaleza, pero no son un obstáculo para que lleve la cuenta del trabajo que emplea en hacer cada cosa, de los bienes de uso producidos, de las funciones asignadas a cada herramienta, etc. La sola existencia de un inventario así muestra a las claras su situación. Su trabajo es privado y su consumo también lo es. La relación entre ambos es, además, directa. ¿Qué enigma podría ocultarse tras ella?

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Mística y utopía

San Bernardo de Claraval (1091 – 1153), llamado doctor melifluus por su elocuencia, que predicó la segunda cruzada, fue el máximo exponente del misticismo de la abadía de San Víctor, movimiento cuyo iniciador fue Guillermo de Champeaux. Se opuso fervientemente a Abelardo.

San Bernardo utilizó la mística como un arma contra la herejía, en la cual le pareció que desemboca todo movimiento filosófico. De ahí que negara el valor de la razón y del hombre mismo, que solamente puede alzarse sobre sí en la mística y la ascesis que la precede. Inspirado en De amicitia, de Cicerón, y en el Cantar de los Cantares, pensó que la mística es el abandono total del alma en la voluntad de Dios después de haberse liberado de los vínculos corporales. El alma que llega al éxtasis, el supremo estado del proceso ascético, se disuelve en Dios como una gota de agua en el vino.

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