A propósito de la conquista de Crimea

Se decía en la antigua Grecia que el torpedo de mar paraliza a otros animales que se aproximan a él. Así me quedo yo, fascinado y atónito, ante desatinos y desvaríos de los filósofos e ideólogos rusos que alientan esta guerra contra Ucrania y algo más. Ese estado me lleva a querer reproducir algunos de ellos, siquiera sea en esquema y a modo de boceto, con el fin de entender las ideas que albergan sus cabezas. Aquí expongo alguno de ellos.

Cuando Putin comprendió que Yanukóvich ya no era útil para desintegrar Ucrania mediante la corrupción, como había hecho en Bielorrusia, decidió hacerlo por la fuerza. Empezó notificando, entre el 20 y el 24 de febrero de 2014, unas atrocidades que Ucrania estaba cometiendo en Crimea para justificar una pronta invasión que las frenara. Eran todas falsas, pero un grupo de troles de San Petersburgo se encargó de propagarlas a los cuatro vientos. Junto a otras que vinieron después, fueron el segundo frente en la acometida militar contra Crimea.

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Cataluña y Putin

Rusia es seguramente el país más activo en el ciberespacio. Resulta casi imposible saber el éxito que obtiene con ello, pero el hecho de que su presencia en el quinto dominio en forma de guerra de información sea tan persistente tiene que deberse a grandes ganancias políticas que se irán descubriendo con el paso del tiempo. Esta clase de guerra es negada cuando hay indicios de ella, lo que no es otra cosa que tratar de poner una valla a una posible escalada que pudiera desembocar en enfrentamientos armados. Biden ya advirtió de esta posibilidad, pero parece que sus adversarios del Kremlin no lo han creído.

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Ucrania entre dos estados depredadores

Dos imperios han tratado de apoderarse de Ucrania en el siglo XX, el soviético y el nazi. Son dos especies de un mismo género, el socialismo, como vio con suma lucidez Vasili Grossman en Vida y destino: pese a que el segundo era odiado y la humanidad miraba con esperanza en dirección a Estalingrado, ambos eran un Estado de Partido, controlaban la producción y se apoderaban de ella, apelaban al trabajo y al nacionalismo (en Rusia con el “socialismo en un solo país”), creían que sólo el Partido y su jefe expresan la voluntad de la nación, etc. Cada uno era espejo del otro. Eran lo mismo y los dos quisieron Ucrania. Dos imperios que entendieron la política como depredación de lo que hubiera más allá de sus fronteras o dentro de ellas.

Primero fue Stalin, bajo cuyo poder la Unión Soviética era un proyecto imperial depredador. No teniendo propiedades territoriales fuera de sus fronteras, trató a Ucrania como una colonia al servicio exclusivo de la metrópoli, obligándole a entregar toda su producción agrícola. Entre tres y cuatro millones de personas murieron de hambre.

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¡Fuera la historia!

Se dice que el estudio de la Historia de España en bachillerato partirá del año 1812, la fecha que suele ponerse como comienzo de las conciencias nacionales en la Dinastía Imperial que fueron las Españas.

Esa norma no tiene la menor importancia, porque lo que ordena es algo que ya se venía haciendo hace mucho tiempo. Lo que se degrada no es la enseñanza de la historia, que ya está degradada, sino la legislación, que desciende un peldaño más en la degeneración de la enseñanza española, una degeneración que comenzó en 1970.

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Vasili Grossman

Aunque estuviera uno de acuerdo en que el  de los bolcheviques y el nacionalsocialismo son diferentes, obviando que posiblemente sean dos especies de un mismo género, el socialismo, hay que convenir en que los procedimientos utilizados (y probablemente las ideas políticas) por ambos son iguales. De ello da fe Grossman en el texto citado más abajo, un alegato implacable sobre esta semejanza.

Vasili Grossman, que apoyó la revolución bolchevique de 1917, perteneció a la Unión de Escritores Soviéticos. Acompañó al Ejército Rojo, creado por Trotsky, como corresponsal de guerra para el periódico Krasnaya Zvezda (Estrella Roja) entre los años 1941 y 1945, en la conquista de Berlín. Fue el primero que describió un campo de concentración nazi. A. una novela suya, Vida y destino, pertenece este diálogo entre el Obersturmbannführer Liss y el intelectual bolchevique Mijaíl Sídorovich Mostovskói, que está preso en el campo de concentración que rige el primero. En él se niega la diferencia entre bolcheviques y nazis: «Ud. es mi espejo», le dice el jerarca nazi al intelectual comunista en este texto.

«-Le aconsejo que no pierda el tiempo conmigo. Póngame contra la pared, cuélgueme, vuéleme la tapa de los sesos.

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Marxismo y nacionalsocialismo

Muchas veces se han visto como hermanos gemelos el nacionalsocialismo y el marxismo. No es correcto, pese a que los nazis alardeaban de ser el verdadero socialismo. Con todo, hay que traer a la memoria una semejanza importante, que comporta una diferencia.

El marxismo de Marx, Lenin y Stalin no fue biologista como el nacionalsocialismo, pero sí coincidió con él en su cientificismo. La diferencia entre ambos era que el cientificismo de los nazis era naturalista y el del marxismo historicista. (V. Hannah Arendt (Los orígenes del totalitarismo,  Taurus, 1974)

A esa diferencia aludía Engels en su discurso pronunciado ante la tumba de Marx en el cementerio de Highgate el 17 de marzo de 1883:

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El presente

Que Dios ha muerto significa para el filósofo prusiano que Europa se enfrenta a la desaparición de los valores racionales y morales que la han guiado hasta el presente. Hay todavía quien sigue fingiendo que queda algún rescoldo del fuego antiguo, pero incluso él está secretamente convencido de la extrema fragilidad de aquellos valores, aunque sigue aferrándose a ellos por ver si llena el hueco que ha quedado. Una voluntad incapaz de querer algo se ha convertido en su propio verdugo, tornándose voluntad de la nada. Un hombre se inmolaba antes al más allá religioso. Ahora dice que, habiendo sustituido ese más allá por el ideal científico, causa del derrumbamiento del anterior edificio en el interior de su conciencia, se entrega a la búsqueda de la verdad objetiva. Pretende seguir orientando hacia la verdad el afán que el creyente orientó hacia Dios. El ateo es el hombre más piadoso que hay. Es víctima de su deseo de verdad porque no puede permitirse el lujo de creer en la religión. Dios ha matado a Dios. La tradición moral y religiosa se ha suicidado. Su acta de defunción es el nihilismo del presente.

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Formar parte de un conjunto

Una muchedumbre cualquiera no es una comunidad de ciudadanos. Tampoco un clan, una tribu, una nación étnica o cualquier otro agregado humano que reclame un progenitor común, sea real o ficticio. Una comunidad de ciudadanos, una nación política, no se identifica siquiera con el territorio que habitan sus miembros, sino con la continuidad en el tiempo otorgada por la seguridad de formar parte de un conjunto al que pertenecen por igual los hombres del presente, los que ya murieron y los que habrán de nacer más tarde. Todos ellos contribuyen en una medida u otra a la construcción de un todo que consta de artes, ciencias, derecho, religión y moralidad. La participación en esta obra y el disfrute de la misma es lo que hace que un hombre sea ciudadano y tenga la oportunidad de ser un hombre completo y realizado.

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Razón y progreso

De dos cosas he de tratar hoy brevemente, de la razón y del progreso, cosas ambas de importancia suma para los ilustrados del XVIII y sus posteriores secuaces, cuales fueron los revolucionarios franceses, pues pusieron en las armas y la rebelión lo que ellos habían puesto en la inteligencia y el discurso. Las dos fueron eficaces para, supuesto que la historia es un río de orillas izquierda y derecha según es la corriente, suponer en la derecha, motejados de retrógrados e irracionales, a quienes no las tomaban en consideración ni hacían de ellas materia para la guía política y social.

El significado de la razón es por demás ambiguo e indefinido en el uso que de ella hicieron. Hacer uso de ella, a fin de cuentas, es algo que todos hacemos en nuestra vida diaria, y más y mejor en las ciencias y los saberes en general. Y, tanto en un campo como en el otro, es posible hacerlo de tres maneras: o bien se desciende de lo universal a lo particular, que se llama deducción, o bien se asciende de lo particular a lo universal, y se llama inducción, o bien, por último, se combinan una y otra, cosa por cierto la más común de todas. De la inducción hacen uso las ciencias positivas, obligadas a confirmar o desmentir sus hipótesis y teorías en algún experimento, bien entendido que también usan por fuerza la deducción. De la deducción hacen uso exclusivo las matemáticas y la lógica.

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Eugenesia o la cría de los mejores

Dijo Nietzsche que el hombre de ahora es el del nihilismo pasivo, un ser de cultura amplia que se preocupa de su salud, el último hombre.

Tanto la idea de cultura como la de salud tiene muy distintos sentidos. Habrá ocasión de tratar los de la primera, pero ahora hablaré de algunos de la segunda. Seguramente Nietzsche no habría adivinado bajo qué aspecto se habría de presentar la preocupación por la salud en el siglo XX, pese a que en alguna medida hundía sus raíces en su sistema filosófico.

La salud se dice en varios sentidos, tantos que no es fácil tenerlos todos en cuenta. Se dice, por ejemplo, que un hombre está sano y que un cierto clima es también sano, pero el vocablo no tiene el mismo significado en ambos casos. Al segundo se le aplica por analogía con el primero, siendo éste el analogado principal porque es el sujeto del que con toda propiedad se predica la salud o la enfermedad y del otro solamente en referencia al primero. Se habla también de salud reproductiva, salud del planeta (¿se llegará a hablar de salud del sistema solar?) o de salud digital. Durante una gran parte del siglo pasado se habló de salud del grupo biológico, salud mental, salud de la sociedad, salud de la especie, salud de la nación o salud de la raza.

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Amor a la vida y virtud

Quiero referirme a la conexión de la idea de suicidio con la ontología y la ética, lo que me obliga a deshacer previamente algunos equívocos presentes en las palabras y los conceptos que acompañan a esta idea.

Para empezar, digo que el suicidio es en realidad lo contrario de lo que aparenta ser.  No es odio a la vida, sino amor por ella, amor incluso desesperado y violento. Si al que se quiere matar se le quitara la causa de su desesperación, si se le evitara todo sufrimiento, él mismo se precipitaría con ansiedad en el gozo de vivir. Lo que él odia es la forma dolorosa y mísera con que se le presenta, pero él quiere la vida de modo más firme y consciente que la mayoría.

Éste es un hecho incontestable. Se diría que ha arraigado en nosotros un misterioso y potente instinto de cuyo influjo no es posible evadirse. Más que ocultarlo, el infortunio lo muestra en toda su fuerza y vigor. Cuando una cierta forma de vida se convierte en un tormento se desea acabar con esa forma, pero no con la vida misma, aunque en ocasiones parezca que hay que acabar con la segunda para liquidar la primera.

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