Cómo ser un tirano

Lo propio del Estado
La virtud o potencia propia de un régimen político no es la justicia, la felicidad de los súbditos, el bien común, ni ninguna otra cosa parecida a éstas, que son más bien virtudes morales propias de los individuos o situaciones vitales adquiridas con el propio esfuerzo. Una consideración especial merece quizá el bien común. Si se entiende como paz social, es decir, como aquella situación en que cada persona puede dedicarse a sus actividades sin temor de ser molestado, entonces sí puede considerarse como efecto propio de la virtud del Estado.

Los poderes del Estado

En un Estado bien construido pueden los hombres poner en práctica su sentido del bien y del mal, algo en lo que se diferencian esencialmente de los animales, por mucho que se empeñen en lo contrario los defensores de los mismos, empezando por los promotores del proyecto Gran Simio, que difícilmente podrán probar que los gorilas y los chimpancés pueden ser ciudadanos de una pólis.
Al integrarse en la misma, los hombres realizan la moralidad, el derecho, las artes, las ciencias, la filosofía, la religión, etc. En suma, ponen en práctica una vida civilizada y se alejan de la barbarie. Por esto pertenece el Estado a la naturaleza humana y no es algo que se le agrega de manera accidental.

El mito de la Utopía

La idea de Utopía, una idea-fuerza presente aún en alguna corriente política actual, apareció mucho antes que el libro homónimo de Tomás Moro, cuyo centenario se celebró ayer día 7 de febrero. Está en el jardín de Gilgamesh, las Geórgicas de Virgilio, el mito de la Atlántida, se menciona en la Historia natural de Plinio y hasta reaparece a principios de la Edad Moderna en la Isla de Jauja y el País de la Cucaña.
Hay mitos que inducen a la claridad, como el de la caverna de Platón, y mitos que inducen a la confusión, como éste de la utopía. El hecho de que sea confuso no impide, sin embargo, que haya servido para engendrar largos sueños de justicia y felicidad, sueños que casi siempre pasan por la comunidad de bienes y la liquidación de la propiedad privada. Así habla el mismo Tomás Moro: “donde las propiedades son privadas, donde todo el peso se apoya en el dinero, es difícil y casi imposible que la república pueda ser gobernada justamente y florezca en la prosperidad”.

La Utopía de Tomás Moro

Al abordar el siglo XVI los libros de historia destacan las luchas religiosas y políticas derivadas de la Reforma protestante y dan menos importancia a los graves desequilibrios ocasionados por la implantación de un nuevo modelo económico y el abandono del anterior. Los hombres reflexivos del momento tampoco fueron conscientes de este hecho, por lo que sus ideas, valoraciones y propuestas de solución, cuando las hubo, quedaron atrapadas en una visión moral y social que estaba feneciendo ante ellos.
Uno de ellos fue Tomás Moro, el autor del primero libro que llevó el nombre de Utopía y tal vez el que puso en circulación el término. La obra expresa el disgusto del autor ante un modelo económico que consiste en comprar bienes a bajo precio en un lugar para venderlos en otro a un precio más alto y ofrece como alternativa la vida en comunidad de los utopienses, habitantes de una isla del Atlántico, pues no en vano el Mediterráneo había sido desplazado como lugar de aventuras fantásticas después del descubrimiento de Colón.

La ley humana

San Alberto el Grande y su no menos grande alumno Santo Tomás de Aquino son una muestra del vigor filosófico, científico y teológico de la Edad Media, que después solo sería igualado en el siglo XVII. El primero hizo cuanto estuvo en su mano, que no fue poco, para recuperar el saber guardado en libros escritos en árabe y hebreo en las bibliotecas que los reyes españoles iban adquiriendo al tiempo que hacían avanzar la Reconquista contra el poderío musulmán y luego ordenaban traducir al latín pasando antes por el castellano. Uno de los que más contribuyeron a esa tarea fue Alfonso X el Sabio, el conquistador de Jerez. Con razón es San Alberto el patrón de las facultades de ciencias.
Su discípulo Santo Tomás lo es de las de letras y Bachillerato. Su festividad fue el pasado sábado.

Tomás de Aquino y Locke

Según John Locke, cuya vida transcurrió en el siglo XVII, a cuatrocientos años de distancia de la de Santo Tomás, no existe mejor posición moral que la de éste para justificar el derecho a derrocar a un tirano.
Aunque Tomás de Aquino está convencido de que la pertenencia a una comunidad reside en la naturaleza humana y no puede haber, en consecuencia, una vida extrasocial de los hombres y un pacto posterior entre ellos para empezar a obedecer a un gobierno, anticipó la teoría de Locke que liga las obligaciones del gobierno civil a los derechos de los hombres en estado natural.

Ley natural y ley divina

La ley natural, decía en el artículo anterior, comprende las inclinaciones a vivir, a procrear, cuidar y educar a los hijos, ensanchar la inteligencia y vivir en sociedad, y ordena que esas inclinaciones tengan el mejor desarrollo posible. Fácil es deducir que una sociedad en que haya universidades, como era la sociedad medieval, que las había fundado por primera vez, comenzando quizá por la de Bolonia el año 1088, cumple mejor la exigencia de desarrollar la inteligencia y es por tanto más humana y racional que una que no las tenga.
La tercera ley es, según Tomás de Aquino, la divina, a la que no alcanza la razón humana, pues es conocida solo por la revelación de Dios a los hombres en las Escrituras y la Iglesia. Esta ley es un don debido a la gracia divina.

Ley eterna y ley natural

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Santo Tomás de Aquino

Las obras de Aristóteles no fueron bien recibidas por la cristiandad medieval. Transmitidas a través de árabes y judíos, traían el sello de la infidelidad religiosa. De hecho la Universidad de París prohibió su lectura en 1210. Más tarde hubo algunas otras prohibiciones, si bien apenas tuvieron seguimiento.
Pese a todo, el extraordinario vigor filosófico y teológico del cristianismo medieval se mostró menos en la superación de esos obstáculos que en la admirable reinterpretación de Aristóteles, una empresa que corrió a cargo de dos dominicos: San Alberto Magno y su alumno Santo Tomás de Aquino.

Claudio Adrián Helvecio

Claudio Adrián Helvecio, nacido el 26 de enero de 1715, un ilustrado francés que estudió en un colegio de jesuitas, siguió luego la doctrina de Locke y pasa por ser, junto a Condillac, uno de los máximo promotores del materialismo en Francia, escribió De l’Esprit, una obra precursora de la actual educación para la ciudadanía.
Los hombres solo se hacen buenos si tienen buenas leyes, dice Helvecio. El arte del legislador consiste en hacer que sean justos unos con otros por el amor a sí mismos. Éste es el sentimiento principal, único, que anida en su corazón y mueve sus acciones. La naturaleza ha grabado en ellos de forma indeleble la preferencia por sí mismos, de donde deriva que aborrezcan el dolor y amen el placer. De ahí vienen todas sus virtudes y todos sus vicios.

La memoria histórica

A nadie debería ocultársele ya que la locución “memoria histórica” es un señuelo ideológico, una parte del conjunto de imágenes y conceptos que un sector de la sociedad elabora con el fin de combatir a otros sectores. Ese fue el sentido que Marx dio a la palabra “ideología”.
Que la historia tiene que ver con la memoria fue una ocurrencia banal de Francis Bacon en el siglo XVII. Bacon clasificó las ciencias por las facultades psicológicas de las que, según él, dependen: la filosofía y las matemáticas de la razón, la literatura de la imaginación y la historia de la memoria. Esta clasificación fue seguida en el siglo XVIII por D’Alembert en su Discurso preliminar de la Enciclopedia y hoy puede decirse que es un rasgo esencial del progresismo español.

Edmund Burke

Edmund Burke, nacido en Dublín el 12 de enero de 1729, aceptó la demolición del derecho natural llevada a cabo por David Hume. La naturaleza del hombre es el artificio para él. Las instituciones políticas de una sociedad no proceden de un pacto entre individuos, lo que no sería más que una ficción histórica, sino que se han ido formando en la historia y la historia las ha santificado.
La constitución, la monarquía, los jueces, la nación en suma, son algo que no se entiende como una asociación voluntaria de individuos ni como una decisión de todos ellos, sino como el resultado de circunstancias, hábitos civiles y morales, etc., que tienen continuidad en el tiempo. El individuo y la multitud son estúpidos, pero no la especie, que es prudente y obra siempre bien cuando se le da tiempo.

Samuel von Pufendorf

El barón Samuel von Pufendorf, nacido el 8 de enero de 1632, fue jurista, economista, hombre de estado, historiador y filósofo político. En esta última faceta de su personalidad contribuyó a la gestación y desarrollo del derecho natural en la Edad Moderna.
La filosofía política empezó a separarse de la teología a principios del siglo XVII. Con ello tuvo que ver el que las disputas religiosas pasaran a un segundo plano, el que las ciencias geométrico-materialistas estuvieran alcanzando un notable éxito en la explicación de la naturaleza física y, sobre todo, el que la vuelta al estoicismo, al platonismo y al aristotelismo, propiciada esta última por la gran obra de Santo Tomás de Aquin en el siglo XIII, inculcaran en las mentes una gran dosis de racionalismo y naturalismo. Como consecuencia de todo ello, las organizaciones políticas se empezaron a ver también como fenómenos naturales accesibles a la observación y al razonamiento lógico.

El Padre Francisco Suárez

Francisco Suárez, el Doctor Eximio, nació en Granada el día 5 de enero de 1548. Además de una gran obra de metafísica y teología, escribió un libro monumental de filosofía política titulado De legibus y otro menor, pero imprescindible para completar las ideas de aquél y para comprender la cólera que las doctrinas de su autor provocaron en Jacobo I, rey de Inglaterra, que ordenó que se quemaran ambos en la plaza pública.
Suárez define la ley como “un precepto común, justo y estable, suficientemente promulgado”. ¿En qué clase de sociedad es posible cumplir la ley? No en una familiar, que es imperfecta, sino en una que tenga como fin no que los hombres sean buenos, pues esto pertenece a la libertad de cada cual, sino que sean buenos ciudadanos, lo cual no es lo mismo.