Rusia es seguramente el país más activo en el ciberespacio. Resulta casi imposible saber el éxito que obtiene con ello, pero el hecho de que su presencia en el quinto dominio en forma de guerra de información sea tan persistente tiene que deberse a grandes ganancias políticas que se irán descubriendo con el paso del tiempo. Esta clase de guerra es negada cuando hay indicios de ella, lo que no es otra cosa que tratar de poner una valla a una posible escalada que pudiera desembocar en enfrentamientos armados. Biden ya advirtió de esta posibilidad, pero parece que sus adversarios del Kremlin no lo han creído.
Política
Regir el Estado correctamente es practicar la virtud de la prudencia política
Ucrania entre dos estados depredadores
Dos imperios han tratado de apoderarse de Ucrania en el siglo XX, el soviético y el nazi. Son dos especies de un mismo género, el socialismo, como vio con suma lucidez Vasili Grossman en Vida y destino: pese a que el segundo era odiado y la humanidad miraba con esperanza en dirección a Estalingrado, ambos eran un Estado de Partido, controlaban la producción y se apoderaban de ella, apelaban al trabajo y al nacionalismo (en Rusia con el “socialismo en un solo país”), creían que sólo el Partido y su jefe expresan la voluntad de la nación, etc. Cada uno era espejo del otro. Eran lo mismo y los dos quisieron Ucrania. Dos imperios que entendieron la política como depredación de lo que hubiera más allá de sus fronteras o dentro de ellas.
Primero fue Stalin, bajo cuyo poder la Unión Soviética era un proyecto imperial depredador. No teniendo propiedades territoriales fuera de sus fronteras, trató a Ucrania como una colonia al servicio exclusivo de la metrópoli, obligándole a entregar toda su producción agrícola. Entre tres y cuatro millones de personas murieron de hambre.
¡Fuera la historia!
Se dice que el estudio de la Historia de España en bachillerato partirá del año 1812, la fecha que suele ponerse como comienzo de las conciencias nacionales en la Dinastía Imperial que fueron las Españas.
Esa norma no tiene la menor importancia, porque lo que ordena es algo que ya se venía haciendo hace mucho tiempo. Lo que se degrada no es la enseñanza de la historia, que ya está degradada, sino la legislación, que desciende un peldaño más en la degeneración de la enseñanza española, una degeneración que comenzó en 1970.
La desnazificación de Ucrania
Es el ser de los occidentales lo que constituye una manifiesta amenaza para el Imperio Euroasiático
Vasili Grossman
Aunque estuviera uno de acuerdo en que el de los bolcheviques y el nacionalsocialismo son diferentes, obviando que posiblemente sean dos especies de un mismo género, el socialismo, hay que convenir en que los procedimientos utilizados (y probablemente las ideas políticas) por ambos son iguales. De ello da fe Grossman en el texto citado más abajo, un alegato implacable sobre esta semejanza.
Marxismo y nacionalsocialismo
Muchas veces se han visto como hermanos gemelos el nacionalsocialismo y el marxismo. No es correcto, pese a que los nazis alardeaban de ser el verdadero socialismo. Con todo, hay que traer a la memoria una semejanza importante, que comporta una diferencia.
El marxismo de Marx, Lenin y Stalin no fue biologista como el nacionalsocialismo, pero sí coincidió con él en su cientificismo. La diferencia entre ambos era que el cientificismo de los nazis era naturalista y el del marxismo historicista. (V. Hannah Arendt (Los orígenes del totalitarismo, Taurus, 1974)
A esa diferencia aludía Engels en su discurso pronunciado ante la tumba de Marx en el cementerio de Highgate el 17 de marzo de 1883:
Formar parte de un conjunto
Una muchedumbre cualquiera no es una comunidad de ciudadanos. Tampoco un clan, una tribu, una nación étnica o cualquier otro agregado humano que reclame un progenitor común, sea real o ficticio. Una comunidad de ciudadanos, una nación política, no se identifica siquiera con el territorio que habitan sus miembros, sino con la continuidad en el tiempo otorgada por la seguridad de formar parte de un conjunto al que pertenecen por igual los hombres del presente, los que ya murieron y los que habrán de nacer más tarde. Todos ellos contribuyen en una medida u otra a la construcción de un todo que consta de artes, ciencias, derecho, religión y moralidad. La participación en esta obra y el disfrute de la misma es lo que hace que un hombre sea ciudadano y tenga la oportunidad de ser un hombre completo y realizado.
Razón y progreso
De dos cosas he de tratar hoy brevemente, de la razón y del progreso, cosas ambas de importancia suma para los ilustrados del XVIII y sus posteriores secuaces, cuales fueron los revolucionarios franceses, pues pusieron en las armas y la rebelión lo que ellos habían puesto en la inteligencia y el discurso. Las dos fueron eficaces para, supuesto que la historia es un río de orillas izquierda y derecha según es la corriente, suponer en la derecha, motejados de retrógrados e irracionales, a quienes no las tomaban en consideración ni hacían de ellas materia para la guía política y social.
El significado de la razón es por demás ambiguo e indefinido en el uso que de ella hicieron. Hacer uso de ella, a fin de cuentas, es algo que todos hacemos en nuestra vida diaria, y más y mejor en las ciencias y los saberes en general. Y, tanto en un campo como en el otro, es posible hacerlo de tres maneras: o bien se desciende de lo universal a lo particular, que se llama deducción, o bien se asciende de lo particular a lo universal, y se llama inducción, o bien, por último, se combinan una y otra, cosa por cierto la más común de todas. De la inducción hacen uso las ciencias positivas, obligadas a confirmar o desmentir sus hipótesis y teorías en algún experimento, bien entendido que también usan por fuerza la deducción. De la deducción hacen uso exclusivo las matemáticas y la lógica.
Persona y naturaleza humana
Algún sistema de filosofía política, como también la gente del común, sobre todo la que dice ser demócrata, creen que el Estado existe para que se desarrolle en toda su plenitud la naturaleza humana. Si esto es verdad, no puede tener una estructura cualquiera, sino sólo la que facilite esa plenitud del mejor modo posible. Aunque hay disputa sobre cuál es el mejor desarrollo de una persona, no parece que pueda haberla en que un Estado nivelador no es un buen medio para ese fin, porque lo propio de cada individuo humano es ser algo único e irrepetible. No es éste sin embargo el tema que hoy quiero tratar, sino del derecho a la vida y si el titular del mismo es la naturaleza humana individual o la persona.
Parece indiscutible que si se niega o restringe de algún modo la vida no es posible que haya ninguna manera de perfeccionarla, porque, muerto o incapacitado el sujeto, nada o muy poco puede hacerse ya. En consecuencia, el primer cuidado de la ley tiene que ser el de garantizar en primer lugar que ésta llegue a existir y, en segundo, que no sea interrumpida o dañada por decisión injusta del Estado o de un particular a quien el Estado autorice u ordene.
El derecho a la vida
Quien dice que tiene derecho a la vida no está diciendo que hay algo en su persona con ese nombre, como si fuera parecido a tener estómago o bazo. Tener ese derecho significa que el Estado tiene el deber de protegerla. Con ese sentido lo reconoce el comienzo del artículo 15 de la Constitución de 1978, que dice que “todos tienen derecho a la vida”.
Nunca antes una constitución española, de las seis que ha habido desde 1812, había promulgado el derecho a la vida. La razón es clara: es que no era necesario, como no es necesario promulgar el derecho a la amistad o al deporte. No es indiferencia o menosprecio por la vida, como no lo es por la amistad o el deporte.
Platón y Aristóteles sobre la democracia
Sucede a veces que no se sabe disociar la gran filosofía antigua de las ideas políticas del presente. Como la democracia se ha vuelto sublime y como Sócrates, Platón, Aristóteles y otros son grandes filósofos se oculta o no se quiere ver la verdad: que fueron contrarios a este sistema político. De Sócrates, condenado injustamente por la democracia a tomar la cicuta, no se conocen a ciencia cierta sus razones, pero sí las de Platón y Aristóteles.
El primero atacó el sistema en muchas ocasiones, de las cuales puede recordarse la comparación del Estado con una nave capitaneada por marinos ignaros que, en lugar de procurar aprender el oficio que practican, engrosan su hacienda a costa del pueblo, el honrado patrón, más fuerte que ellos ciertamente, pero corto de vista y oído, y pasan sus días en jolgorio y diversión. He aquí la comparación (República, 488a – 489a):
-Figúrate que en una nave o en varias ocurre algo así como lo que voy a decirte : hay un patrón más corpulento y fuerte que todos los demás de la nave, pero un poco sordo, otro tanto corto de vista y con conocimientos náuticos parejos de su vista y de su oído; los marineros están en reyerta unos con otros por llevar el timón, creyendo cada uno de ellos que debe regirlo sin haber aprendido jamás el arte del timonel ni poder señalar quién fue su maestro ni el tiempo en que lo estudió, antes bien, aseguran que no es cosa de estudio y, lo que es más, se muestran dispuestos a hacer pedazos al que diga que lo es. Estos tales rodean al patrón instándole y empeñándose por todos los medios en que les entregue el timón; y sucede que, si no le persuaden, sino más bien hace caso de otros, dan muerte a éstos o les echan por la borda, dejan impedido al honrado patrón con mandrágora, con vino o por cualquier otro medio y se ponen a mandar en la nave apoderándose de lo que en ella hay. Y así, bebiendo y banqueteando, navegan como es natural que lo hagan tales gentes y, sobre ello, llaman hombre de mar y buen piloto y entendido en la náutica a todo aquel que se da arte a ayudarles en tomar el mando por medio de la persuasión o fuerza hecha al patrón y censuran como inútil al que no lo hace; y no entienden tampoco que el buen piloto tiene necesidad de preocuparse del tiempo, de las estaciones, del cielo, de los astros, de los vientos y de todo aquello que atañe al arte si ha de ser en realidad jefe de la nave. Y en cuanto al modo de regirla, quieran los otros o no, no piensan que sea posible aprenderlo ni como ciencia ni como práctica, ni por lo tanto el arte del pilotaje. Al suceder semejantes cosas en la nave, ¿no piensas que el verdadero piloto será llamado un miracielos, un charlatán, un inútil por los que navegan en naves dispuestas de ese modo?
-Bien seguro- dijo Adimanto.
Sobre la tolerancia
El problema
Suele pensarse que la tolerancia es la virtud democrática por excelencia. Se conecta con la libertad de opinión y se entiende como respeto a la opinión, independientemente de quién sea el opinante. Pero esto es indefendible si se expresa como algo general, como teoría, porque equivale a admitir que todos los individuos se hallan en pleno uso de la razón y, por ende, que todos tienen derecho a expresar su opinión y a que sea tenida en cuenta. Existen muchas personas a las que no se puede conceder al mismo crédito que a otras: el paciente no puede pretender que su diagnóstico sobre la enfermedad que padece sea aceptado en pie de igualdad con el del médico. También es indefendible en la práctica, porque en cualquier diálogo, que por necesidad habrá de contar con un número restringido de personas, tiene que haber turnos, incluso cuando se trata la más sencilla conversación, y no puede haber espacio ilimitado en la prensa, en una editorial, etc., para todo lo que quiera decir cualquiera. Hay siempre factores externos que limitan las posibilidades de manifestar opiniones, factores como la falta de tiempo, la ausencia de público, de lectores, la carencia de espacio en un periódico, en un libro, etc. La libertad de opinión no puede, pues, ser ilimitada en la realidad. Pero es que además hay circunstancias en que el respeto a una persona, que no a sus opiniones, es lo que puede hacer que alguien sienta la obligación de pedirle que se calle, de no permitir que siga exponiendo razones estúpidas o delirantes, como tampoco debería tolerarse seguramente que alguien manifieste sus opiniones, aunque sean verdaderas, sobre mi cojera, mi joroba o cualquier otro defecto físico o intelectual. Por esto no parece que sea absolutamente aceptable tampoco cuando se la liga a la verdad.
Acerca de la autoridad
El que hoy se esfuerce por hablar objetivamente sobre la autoridad está nadando contra la corriente. Pocos conceptos hay tan denostados como éste. Se la hace equivaler a imposición, coerción, despotismo, etc., lo cual no debe extrañar a nadie, pues nuestro presente es deudor en gran medida de las ideas de filósofos como Rousseau, Marx, Lenin, Nietzsche, Freud, etc.
Atendamos a Marx y a Lenin, cuyas doctrinas se pusieron en práctica en Rusia, dando lugar a la restauración por vía despótica del imperio de los zares. En la Enciclopedia filosófica, editada en Moscú el año 1964, la autoridad se entiende lisa y llanamente como poder y el poder como la aplicación de diversas formas de fuerza, llegando a la intervención militar para conseguir o mantener un dominio económico o político, o para conquistar cualquier otro derecho o privilegio[1]
El poder se entiende únicamente como fuerza física directa aplicada al dominio de unos hombres sobre otros. ¿Quién habrá de negar la necesidad moral de su extinción? Los seguidores de Marx y Lenin no, desde luego. Ellos no deben dejar pasar una sola oportunidad de destruirlo. Puesto que, según creen, la historia de la humanidad enseña que el uso del poder está ligado al dominio de unas clases sociales sobre otras, aquel se esfumará por sí solo cuando desaparezca la fractura o división de la sociedad en clases y todos los hombres pasen a formar parte de una sola totalidad social. Dicha fractura se debe al “poder y el robo, la astucia y el engaño”, añade la mencionada Enciclopedia filosófica, a un manto oscuro de patrañas que oculta la igualdad esencial entre los hombres.
Esta concepción superficial del poder se sustenta sobre una visión utópica y beatífica de la igualdad humana, sobre una visión que a fin de cuentas hunde sus raíces en el cristianismo. No es extraño que, habiéndolo comprendido como una fuerza del mal, los revolucionarios hayan hecho un uso consecuente del mismo cada vez que lo han tenido en sus manos. Engels fue quien dejó sentada la doctrina. El proletariado, dijo, no busca el poder ni se apoya en él para lograr sus fines. Si se ve obligado a hacerlo es porque no tiene otra opción que enfrentarse a las fuerzas opresoras que bloquean la revolución. Son esas clases las que cogen las armas porque ven aproximarse su final y no se resignan a desaparecer. ¿Qué otra cosa puede hacer el proletariado que utilizar la dictadura contra ellas?
Tiranicidio
Llegamos al famoso libro de Rege et Regis Institutione, quemado en París por la mano del verdugo de orden del parlamento; preciso es confesar que esta corporación no se alarmó sin motivo; un país donde habían sido asesinados en pocos años dos reyes, debía naturalmente temblar a la lectura de algunos capítulos de dicha obra. Estremecimiento causan las páginas, donde resuelve la cuestión, de si es lícito matar al tirano; en la manera con que habla de Jacobo Clement, bien se echa de ver que no miraba en el asesino, aquel monstruo de que nos habla Carlos de Valois, cuando refiriéndonos que le habia encontrado al dirigirse al palacio del rey para ejecutar su formidable proyecto, dice que la naturaleza le habia hecho de tan mala catadura, que su rostro parecía mas bien de un demonio que de hombre. A los ojos de Mariana se presentaba como un héroe, que da la muerte y la recibe para libertar su patria. ¿Qué pensaremos de Mariana? La respuesta no es difícil; hay épocas de vértigo que trastornan las caberas; y aquella lo era. Por cierto que el autor no está solo en el negocio. Cuando se supo en París la nueva de la muerte del rey, madama de Montpensier, en coche con su madre madama de Nemours, andaba de calle en calle, gritando: «buena noticia, amigos mios, buena noticia; el tirano es muerto; ya no hay en Francia Enrique de Valois.» Nadie ignora lo que enseguida se practicó en París; el término fue digno del principio. Las simpatías de España estaban en contra de Enrique III; por consiguiente, nada extraño es que el espíritu del escritor se resintiese de la atmósfera que le rodeaba. No quiero decir por esto que sus doctrinas sean el fruto de un momento de arrebato; al contrario, basta leerla obra para advertir que sus máximas están ligadas con su teoría sobre el poder, y que las defiende con profunda convicción. Verdad es que al abordar de frente la terrible dificultad se exalta su ánimo, como si quisiera tomar aliento para salvarla; pero no es la exaltación lo que le sugiere las doctrinas, antes bien son estas lo que le enardece y exalta. Es lamentable por cierto que Mariana no haya tratado la cuestión con mas tino, y que haya sacado tan formidables consecuencias de sus principios sobre el poder; sin la doctrina del tiranicidio su libro fuera en verdad muy democrático; pero a lo menos no espantaría al lector con el siniestro reflejo de un puñal que hiere. En dicha obra se encuentran lecciones de que puedan aprovecharse los reyes y los demás gobernantes. Feliz el autor si no hubiese dado a su enseñanza una sanción tan terrible.
Domingo de Soto
Nació el año 1492 en Segovia. Estuvo en el Concilio de Trento, donde brilló con intensidad su saber. Fue confesor de Carlos V, enseñó teología en Salamanca y fue prior del Convento de San Esteban. Murió el año 1560.
Discípulo predilecto de Vitoria, continuó y en gran medida completó la obra del maestro. Fueron bien recibidos y muy alabados sus comentarios sobre la psicología, la dialéctica y la física de Aristóteles, escritos cuando era aún muy joven. Pero su importancia se debe más a sus obras teológicas, éticas y jurídicas. Entre ellas sobresale su De iustitia et iure, un estudio exhaustivo de moral, derecho natural, derecho de gentes y derecho público. En ocasiones, dependiendo del tema tratado, como al hablar de la esclavitud, su voz se exalta, pero, pese a ello, conserva la objetividad propia de la Escolástica. Nunca se dejó vencer de la ira o la compasió, como sucedió, por ejemplo, al Padre las Casas, el cual, procurando también seguir las doctrinas de Vitoria, llegó a desfigurarlas por causa de la pasión que había temblar su pluma. Dio respuesta adecuada a problemas importantes y difíciles con buen discernimiento, tales como los derechos y deberes de los ejércitos, de las naciones entre sí, de la ley natural, la esclavitud y el respeto absoluto que debe atribuirse a la libertad del hombre.