Sobre “Pensamientos del que está de visita”

(Emilio López Medina, Pensamientos del que está de visita, Biblioteca Andaluza de Arte y literatura, Cádiz, 2001)

Es un libro insólito. Ha adoptado la estructura de un libro de aforismos, pero no ha pretendido la seriedad y circunspección de las obras clásicas de ese género. De otro modo no se entienden algunos aparentes exabruptos, traídos a colación para inducir una descarga eléctrica en el lector más que para cerrar una idea al estilo de, por ejemplo, La Rochefoucauld . Así, sobre un asunto que a veces ocupa a los padres, la diferencia entre tener un hijo o una hija, y sobre las diversas formas lingüísticas y culturales de mentar lo mismo, contrapone el dicho de la lengua de Quevedo –“Más vale una hija puta que un hijo canónigo”– a otro irlandés que, frente a él, resulta insulso y desmayado. Otras veces, tras haber iniciado una idea inofensiva, roza lo tenebroso: en el aforismo número 670 dice que se mata a los animales porque son más débiles que los humanos o porque, careciendo de cultura, dedican su vida a las mismas tres actividades, a saber, comer, defecar y copular, a que se va reduciendo la nuestra por un exceso de cultura y técnica o por una perversa orientación de la cultura por el solo camino de la técnica, lo que con toda seguridad acabará por hacernos merecer el mismo trato. En otras ocasiones da muestras del hondo saber de los proverbios antiguos: el mayor triunfo de la juventud, viene a decir en el número 46, es salir indemne de ella. Pero casi nunca traspasa el umbral de una idea esbozada, dejando al lector que la siga por su cuenta, lo que a sus ojos se justifica en que un escrito que tiene al hombre por objeto no debe aspirar a una teoría universal y única, sino a una multitud dispersa de aforismos (número 449). No otra cosa es el arte, y muy especialmente la poesía: mirar de soslayo, no de frente, no tratar de decirlo todo, sino sólo sugerirlo. Por esto es un libro poético, que no excluye la ironía, la burla insinuada, el sarcasmo a veces. Escrito por un amante de la filosofía –que tal vez su autor rehuya el solemne nombre de filósofo–, se halla más cerca de la metáfora que de la descripción, de la sugerencia que de la denotación explícita. Es lo propio de quien entiende que pensar la realidad es jugar, hilvanar pensamientos, más que aproximarse a su masa confusa, como se encarga de afirmar en el número 12. De quien cree, además, que los pensamientos, mariposas libres, lo son hasta que son capturados en los hilos de la red lingüística. Después ya son libres. O quizá no son ya pensamientos. El amor miente al amado, lo convierte en otra cosa. Puede que pase lo mismo en el hablar y en el escribir.

Las palabras y el sugerir de las palabras son algunas de las claves del libro de Emilio. De las muchas pruebas que hay de esto, una, que acaso no sea la menos decisiva, es aquella en que, contraviniendo a Platón, afirma que una idea hablada queda fijada, indeleble y pétrea, en tanto que una escrita puede corregirse hasta hacer que diga más que dijo al principio. ¿No dejó sentado el griego que mayor maestría demostró en el arte de la escritura que la palabra escrita es una raya en el agua, pues permanece muda a las preguntas que se le hacen, y que la hablada posee la versatilidad del viento, pues puede soplar de un sitio o del otro con tal de establecer, matizar, enderezar… una razón? Emilio encuentra un motivo para afirmar lo contrario, pues asevera que lo escrito puede modificarse y que lo dicho, dicho queda. Pero se contenta con enunciarlo. Renuncia a una demostración, a un desarrollo, a extraer consecuencias de esa certera advertencia. Se limita a la feliz intuición que no aspira a tener más cuerpo que el roce del ala de una mariposa, como si dijera al lector: “Yo dejo a punto el tema. Siga Ud. discurriendo por su cuenta”.

En el sencillo laberinto que es este libro se entrelazan, de metáfora en metáfora, la escritura, el habla, la vida, la muerte…, formando un arco que cierra al final lo que ha quedado pendiente en el principio. De entre las tachaduras del papel, se dice en el número 1, emerge la obra de arte. De entre los flujos y secreciones de la madre nace el niño. Este llora porque lamenta nacer a la muerte, que le aguarda inexorable porque nace. Aquella existe para olvidarse de que hay que morir. Lo dice asimismo Lévi–Strauss, en algún lugar, de otra manera: los animales no tienen cultura porque no saben que han de morir, los hombres disponen de ella para distraerse del temor que les depara el saberlo. Por esto vale la pena que nazca la obra escrita, por más que Sócrates piense que es mejor lo que no se escribe y se extrañe de que su discípulo le haga decir esas cosas en sus legajos. Vale la pena incluso cuando se observa que todo cabalga hacia su final. Este libro así lo proclama. Y en su último aforismo, el que hace el número 1001 –¿por qué precisamente la cifra de Sherazade, la que demora la espada del sultán contando cuentos?–, permanece solo el cementerio una vez que la ciudad entera se ha trasladado a su recinto. Es lo único que permanece. Todo vuelve ciertamente a lo que es. Lo demás son cuentos, pensamientos para entretener al que está de visita y lo sabe, al que descubre que todo se extiende entre el final de una noche y el principio de la que sigue, entre el alba y el ocaso. Sí, pero ¡qué dulce y brillante el día que se alarga entre los dos extremos!

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